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martes, 30 de abril de 2013

MUJER, MADRE, TRABAJADORA SEXUAL




Claudia Brizuela ejerce el más viejo y el menos reconocido de los oficios en una plaza de barrio. Cerca del retiro, sin minifalda ni escote, también integra la asociación de meretrices. Defensora de su trabajo y crítica de las políticas de lucha contra la trata, asegura que en lugar de perseguir a las prostitutas, deberían “convertirlas en aliadas”.


“Me acuerdo que fue un domingo. Les dije a los chicos que tenía que hablar con ellos y ahí me quedé muda... no sabía cómo empezar. Mi hijo me dijo; dale mamá, ¿qué pasa?, ¿es algo malo? Yo les aclaré que para mi manera de ver no. Y se los dije: soy prostituta”. 

Claudia Brizuela no tiene ni un pelo en la lengua. Hace rato perdió la vergüenza y se planta frente a quien sea con la cabeza en alto. La mirada transparente y fija. A sus 52 años y a un paso del retiro, dice que le queda poca calle por delante pero un largo camino de lucha. 

Lleva dos décadas ejerciendo la prostitución. Siempre en el mismo lugar. Ahí en la plaza de la calle Baigorria, en Villa del Parque. No busquen minifalda, ni portaligas, ni una gota de maquillaje. Si pasan apurados, tal vez la confundan con una vecina que sacó a pasear al perro a la hora de la siesta. 

“Mi primer trabajo fue haciendo canastas de mimbre; con eso me pagaba los cigarrillos y aportaba para comprar la leche de mis hermanos. Eramos siete en total. Nos vinimos a Buenos Aires desde Chaco después de que murieron nuestros padres. Empecé a trabajar cama adentro, con una señora que era muy mala. Me hacía levantar a las cinco de la mañana y no paraba en todo el día hasta la noche; no me dejaba ni sentarme a comer. Yo no sabía leer ni escribir y necesitaba trabajar. Fui a una agencia para limpiar por hora. ¿Sabés lo que era para mí? Me daban un papelito con la dirección de las casas, iba con el papelito en la mano, trataba de memorizar... me acuerdo que le mostraba el papelito al colectivero para que él me diga donde bajarme, y me daba vergüenza no saber leer.” 

A los 19, Claudia empezó la escuela nocturna. Fue el primer paso para empoderarse, como a ella le gusta decir. Luego se enamoró, se casó, tuvo dos hijos, y un día cambió el trabajo doméstico por el sexual. 

“Siempre digo que la clase pobre no elegimos qué queremos hacer, optamos entre lo que hay. Y creo que ninguno de estos trabajos, sea doméstica o prostituta, los haces cantando una canción muy alegre. Lo haces por necesidad. Ahora, si yo hoy tuviera que volver para atrás, haría exactamente lo mismo. Lo mismo, lo mismo. Y te digo más, obviaría el trabajo doméstico, porque me rompía bien la espalda y apenas me alcanzaba para el puchero. En cambio con esto pude comprarme la casa, pude comprar un coche, mandé a estudiar a mis hijos”. 

Claudia reivindica su trabajo, y como tal, exige que se respeten sus derechos laborales. Desde hace años integra Ammar, la asociación argentina de meretrices que alcanzó estatus de sindicato y hoy integra la CTA. La organización tiene entre sus prioridades lograr el reconocimiento de las trabajadoras sexuales como sujetos de derecho y actoras estratégicas para el desarrollo social. Además de enfocar todas sus acciones con una mirada de género. 


-¿Se puede ser feminista y puta a la vez? 


-Yo no diría eso. A ver, hola que tal..! ¿de qué hablamos cuando hablamos de la decisión sobre el propio cuerpo? ¿o ese discurso sirve sólo para discutir el aborto? Yo tengo clientes de hace 20 años que me respetan mas a mí que a su mujer. 


-Pero dicen que la prostituta es la mujer objeto por excelencia… 


-Todo depende de cómo encarás el trabajo. Yo ante todo soy una mujer, siempre me planté desde ese lugar. Vos a mí no me comprás, yo te presto un servicio, me pagás y hacemos un trato. Y si viene un tipo a decirme ‘yo te pagué’ y cree que por eso estoy a su disposición, le digo andá a pagarle a otra, a mí así no me tratás”. Claudia no tiene discurso, tiene oficio. Por lo demás, lo de puta o como quieran llamarla, la tiene sin cuidado. Y si la apurás un poco, hasta le suena militante el término. “Nosotras no necesitamos un reglamento, lo que queremos es la regularización, con obra social, vacaciones, aporte jubilatorio. Si tenemos que facturar o rendir cuentas lo haremos, como cualquier laburante. ¿Trabajo insalubre? No, pero sí habría que contemplar que nosotras podemos trabajar hasta los 40, 45 y después deberíamos poder jubilarnos. Por ahora sólo tenemos un reconocimiento de hecho, no de derecho”.


Acá es donde el colectivo feminista se fractura. Abolicionistas versus reglamentaristas. Mientras unas alzan la voz en defensa de la autonomía y resisten el cierre de cabarets, las otras dirán que prostitución y trata de personas son dos caras de una misma violencia. 

“Nosotras somos las primeras en repudiar la trata; tenemos una compañera muerta por denunciar explotación sexual de menores y complicidad policial con los proxenetas”. 


-Sin embargo se manifiestan en contra de muchas de las medidas para terminar con la trata… 


-No. Lo que pedimos es que separen las cosas. Porque yo soy dueña y señora de hacer lo que quiero. Soy mayor de edad y tengo decisión propia. Pero si nos cierran las whiskerias, nos sacan el rubro 59, nos están empujando a la clandestinidad. Y tampoco nos tienen en cuenta en la mesa de trabajo. ¿Quiénes te pensás que saben más de la trata? 


-¿Decís que ustedes podrían convertirse en aliadas de esa lucha? 


-Es que queremos ser aliadas. ¡No nos dejan!

Valeria Sampedro

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