Acerca de nosotras ·

martes, 9 de junio de 2026

Yaya Isabel

 

Un 22 de Diciembre nació Isabel, en Sevilla, hija de padres extremeños que perdida la guerra marcharon al sur. Allí creció, aprendió a subirse a los árboles en la morera del patio, a leer y escribir con el profesor de “los señoritos”, a jugar con su amiga Teresa. Eran otros tiempos: las niñas limpiaban mientras los niños jugaban,  y ella entre cama y cama leía a escondidas sus novelas preferidas: las de Corín Tellado.

Y otra vez sus padres marcharon en busca de una nueva vida. Seguían a su hijo mayor porque la que luego fue “la yaya” y después “la bisa” pensaba que las madres tienen que estar al lado de sus hijos. Llegaron a  Barcelona a bordo del Sevillano en 1960 y, por las mismas vías por las que circuló el primer tren español, a Mataró.

Creció y se convirtió en una mujer encantadora, tierna, amable siempre dada a una solución amistosa, siempre con el corazón abierto. “Era fácil enamorarse de ella” habría dicho su primer amor, Antonio. Pronto nació su primer hijo, Juan, un bebé llorón que la mantuvo siete meses sin dormir. Después llegó David, que casi prende fuego a la casa jugando con las cortinas. Luego la pacífica Primi con su enigmática sonrisa. Los tres crecieron siembre abrazados por sus cálidos brazos, con su sonrisa siempre dispuesta a apaciguar los llantos, siempre al lado de ellos, como la había enseñado su madre. Pero cuando su cuarta hija estaba creciendo en su vientre murió su amor. Hubiera sido un largo y oscuro túnel si no hubiera sido por la encantadora sonrisa de su hija menor, Clemen. Mirar a Clemen era olvidar las penas: siempre estaba contenta, siempre se la veía feliz.

Sola cuidó y educó a los cuatro y lo hizo con tanto amor que era imposible que su trabajo saliera mal. Todos los que los  conocemos sabemos que es así.

Tardó más de una década en volver a enamorarse, era un gran bailarín, se llama Joan. Con él ha vivido desde entonces y hasta el fin de sus días.

Habían asesinado a  cientos de personas en Madrid. El mundo estaba consternado con esta masacre. Simultáneamente en su cuerpo se produjo otro atentado: una explosión interna quiso llevársela. Pero ella sobrevivió y siguió cuidando a las nietas que habían llegado ya: Anabel, la mayor, y Nerea, que sólo era un bebé. Después llegaron sus otras dos nietas, Elia y Martina y, mientras desprendía amor por todos los poros de su piel, ella seguía luchando. ¿Cómo no van a querer a su yaya? Se dejaba ganar jugando a la oca, se sentaba en el suelo para jugar a las cartas, les hacía macarrones todos los sábados (para ellas no hay macarrones más buenos que los de la yaya) y si no había macarrones había pollo con alioli (para chuparse los dedos).

Entonces, como una fría hiedra negra, el cáncer llegó.

Fue a una revisión rutinaria. A ver si le suprimían esa medicación que la dejaba tan hecha polvo. Tenía una fría sensación en todo su cuerpo.  El frío de ese invierno la transportaba al frío que sintió al pisar por primera vez tierra catalana. Sonríe al destino como siempre ha sonreído, con elegancia y cortesía, con serenidad y aceptación.

Y sus deseos fueron concedidos (hay que tener cuidado con lo que se desea): le retiraron la medicación. No había solución, la hiedra negra se extendía de forma acelerada, no podía contenerla, sólo cabía esperar.

Tuvo tiempo de despedirse de todo aquello que quería.  Viajó a Sevilla a ver el lugar en el que nació, la finca La estrella. Pudo reencontrarse con su amiga de la infancia y decirle adiós. Viajó después a Murcia a ver a su casi centenaria madre y decirle adiós. Cuidó de que cada sábado se reunieran sus hijos, hijas, nueras, yernos  y  nietas alrededor de su mesa (como aprendiera de su madre en las reuniones de los viernes) y hasta el último sábado de su vida jugó con sus nietas (no importaba el dolor que sentía, el parchís era el catalizador del amor  y su único deseo era verlas felices). Aguantó el dolor hasta que pasaron por su habitación todos sus seres queridos y a todos, de uno en uno, de dos en dos o en grupos, a todos, repito, les dijo adiós. Luego se echó a dormir y no despertó.

Ahora nos dicen que está en esa caja que está ahí. Pero es mentira. Ella sigue viva. Cerrar los ojos. Cerrarlos. ¿Acaso no la veis dentro de vuestro corazón? ¿Acaso no notáis su presencia? Ella vive en todos y cada uno de nuestros corazones. Cuando se va alguien a quien queremos notamos que nuestro corazón se rompe en pedazos. Pero no se está rompiendo. Parte de esa persona entra a vivir en nuestro corazón y tiene que hacerse un hueco en él. Sentimos tanto dolor, tanta tristeza que no notamos la fusión de su alma y la nuestra.

 Pero el tiempo pasará y un día al recordarla no saldrán lágrimas de nuestros ojos; los  ojos, la boca, el rostro entero sonreirá; ese es el momento en que parte de su alma se habrá instalado definitivamente en nuestros corazones y allí (en todos los que la hemos querido) vivirá para siempre.

 Hoy decimos adiós a una mujer valiente y decidida, fuerte y generosa; decimos adiós a su sufrimiento final; decimos adiós a verla con los ojos, a tocarla con las manos, a besarla con los labios, a oírla, a olerla. Pero hoy decimos hola a nuestra parte de Isabel, aquella que atesoraremos en un lugar especial del corazón .Cuidaremos que la llama de su recuerdo esté siempre viva, vigilaremos para no olvidar nada de todo aquello que nos enseñó, ni todo lo que aprendimos al verla.

Isabel marchó el 9 de Junio de madrugada.

Agradecemos a Ana este precioso texto, en el que vemos retratada la historia de muchas de nuestras abuelas, que a veces son yayas, otras abus, otras litas... y su blog 

https://cuandotuamigaesunalibreta.blogspot.com/2012/06/adios-yaya-isabel.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

HH

Más