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sábado, 17 de mayo de 2014

LAS TRES MARÍAS: GLORIA, ROSA ELENA Y MAGDALENA PAVÓN



Luchadoras en su pueblo, han trajinado desde que tienen memoria

Nacieron en Chalguayacu, comunidad de la parroquia Pimampiro; han marcado su huella desde la infancia, lo han hecho a través de unas voces maravillosas que han ido perfeccionándose en el oficio, sin otro ingrediente que no fuera su tesón y su natural convencimiento de que la música es la palabra que llega a su gente.

Privilegiadas en su voz, imitan el sonido de algunos instrumentos musicales, oficio que aprendieron de su madre; tocan varios instrumentos y en su música recogen la enseñanza de quienes las precedieron y llenaron la comunidad con el ritmo de la bomba. Ellas han cantado la vida entera sin ser reconocidas, sus voces son patrimonio que ha deleitado a su pueblo y desde hace más o menos siete años, empezaron a salir a las comunas cercanas y algunas ciudades del país, acompañadas de Ángel Carabalí, que toca el güiro o rasquete, y Santiago Méndez que toca la bomba (tambor tradicional).

Gloria, Rosa Elena y Magdalena Pavón son mujeres afrodescendientes de origen humilde, mayores; dedican su vida a la música porque este tradicional oficio es también un modo de expresión que forma parte de la memoria colectiva. Sin embargo, esta categoría de artistas no les ha eximido jamás de la pobreza ni de sus labores domésticas. Al contrario, todas tienen que aportar con trabajo extra para sostener a sus familias. 
A pesar de pertenecer a un entorno donde la música es parte de la cotidianidad, Las Tres Marías —nombre que lo adquirieron gracias a Lindberg Valencia, que cambió su antigua denominación de las Tres Milencas (tomado de una telenovela) por este que hoy identifica también su canto original, pues siempre despertaron la admiración de su pueblo y de quienes las escuchaban— son ante todo madres y seres humanos que bregan día a día con la dificultad y el trabajo.

Gloria de sesenta y nueve años es madre de seis hijos, tiene que dedicar parte de su tiempo a vender tomates los días viernes y sábados en el mercado Copacabana de la ciudad de Otavalo.
Magdalena tiene setenta y tres años, esposo y seis hijos. Desde hace seis años afronta una diabetes que la obliga a trasladarse todos los miércoles a las cinco de la mañana hasta un hospital de Ibarra, porque su oficio de curandera no le alcanza para lidiar con lo suyo; le sirve sí para aliviar el ojeado, para curar espantos, el mal aire, el aventador, y con esos cinco dólares que cobra por tres días de curación con dos sesiones diarias, se ayuda para compra su medicación. Los ingresos, que son pocos, como asistente de partos, abonan no sólo a su economía, lo hace a su reputación en la comunidad. Mujer llena de fe, enseña desde hace veinte años, catecismo para que los niños y niñas de Chalguayacu hagan la primera comunión.

A sus setenta y cinco años, Rosa Elena Pavón no sólo que sigue cantando, tiene también que atender su tienda donde vende especialmente cigarrillos y trago de caña, ingreso que le permite agregar algo al presupuesto familiar. Sus hijos y esposo son igualmente músicos, integran la Banda Mocha de Chalguayacu.

Este modo de vida y su lucha constante no han opacado jamás su ánimo ni su alma de artistas, menos su don para interpretar de manera tan suya un oficio adquirido en la infancia, donde se familiarizaron y entendieron que las hojas de guayaba o de naranjo podían emitir música maravillosa, y asemejar el tono agudo de un clarinete que se fusionaba con sus potentes y límpidas voces.

Los años en escena no han cambiado su talante, siguen ataviadas con sus anillos y pañuelos, cantan sin aspaviento ni remilgos, sus voces salen del alma sin esfuerzo, a veces combinadas de una infinita tristeza que escapa de su mirada, probablemente sin darles tiempo de apoderarse de su ánimo, porque de un minuto a otro, cualquiera de ellas se transforma en trovadora y empieza el juego de amorfinos "de la naranja partida, del limón se hace una sopa, del besito que me diste que dulce quedó mi boca/
joven que quiere casarse no sabe ni trabajar no ves que la vida está dura, de hambre me has de matar".

Los temas de sus canciones, algunos de su autoría, están inspirados en la cotidianidad, en ese ir y venir de protagonistas de un pueblo, como todos, repleto de desencuentros y, cómo no, de alegrías, donde las Tres Marías conviven, anotan y registran, también desde una mirada crítica, el devenir de la gente, por eso sus canciones son también moraleja y reflexión.




El trío musical conformado por las hermanas Gloria, Rosa y Magdalena Pavón ha recorrido con su música gran parte del Ecuador y del sur de Colombia. Sus ensambles vocales y su carisma las convirtieron en un ícono de la cultura afroecuatoriana.

Para llegar al barrio 13 de Diciembre de la comunidad de Chalguayacu, hay que recorrer al menos cuatro cuadras de un camino de tierra y piedras. En esa localidad del cantón Pimampiro, provincia de Imbabura, viven Rosa, Gloria y Magdalena Pavón desde su nacimiento.

Aunque dos de ellas no fueron bautizadas con el nombre María, a estas tres hermanas afrodescendientes se las conoce a escala nacional como Las Tres Marías. “Limber Valencia, promotor musical, nos comenzó a presentar así ante el público en los recitales y conciertos a los cuales nos invitaban.  Y por eso adoptamos ese nombre artístico desde hace más de 5 años”, expresa doña Gloria Pavón, de 68 años.

Sentada sobre un tronco de madera, con una olla en sus manos para tomar agua y aplacar la sed que provoca el intenso calor que se siente en el extremo norte del Valle del Chota, doña Gloria, quien también es la voz principal de la agrupación, comienza  a narrar las alegres vivencias y también los sinsabores, que tanto a ella como a sus dos hermanas les ha dejado la “vida bohemia”, como calificó a su rutina musical. “Nuestra afición por la música la heredamos de nuestro padre, Luis Pavón Lara, que era integrante de la Banda Mocha de Chalguayacu. Mi viejito tocaba la guitarra, la rasqueta, la hoja de naranjo, el tambor y hasta la trompeta”, manifiesta  doña Gloria con una sonrisa.

En ese momento, y de manera apresurada, doña Rosa, la mayor de las hermanas Pavón, sale de su casa hecha de adobe y tejas de ladrillo para asegurar que, además del talento que heredaron de su padre, las visitas continuas al pueblo de la Banda Mocha de Cotacachi les cambiaron la vida.

“Mis dos hermanas y yo terminábamos de ayudar a sembrar guayaba y aguacate a nuestros padres y lavábamos nuestra ropa, para poder ver y escuchar a los músicos. En esa época –hace 65 años-, donde no había radio ni televisión, ellos eran nuestros ídolos. Por eso comenzamos a remedar con nuestras bocas los sonidos de las trompetas, las melodías que salían de la hoja de naranjo y hasta los ritmos de bombos y tambores”, comenta doña Rosa.

Lo que comenzó como un juego de la infancia, con el pasar de los años se convirtió en su pasión y en una fuente de ingresos. Sus ensambles vocales, acompañados del ritmo de una rasqueta y de la bomba, propia de la cultura afroecuatoriana, les han permitido conocer gran parte del Ecuador y del sur de Colombia.

María Magdalena Pavón, de 71 años, quien simula la percusión en el ensamble, dijo que el mejor recuerdo que hasta el momento le ha dejado la música fue la ovación que recibieron en un festival intercultural desarrollado en Cali, Colombia, hace 4 años. “Había miles de personas que se pusieron de pie y nos aplaudieron por más de 5 minutos”.

Sin embargo, no todo es color de rosa en el mundo musical, asegura doña Gloria. “En muchas ocasiones nuestro trabajo y talento no es bien remunerado en nuestro país. A pesar de los esfuerzos que hacemos al alejarnos por algún tiempo de nuestros esposos, hijos y nietos, para cumplir con compromisos artísticos, muchas veces nos pagan con un simple gracias. Por eso digo que la música llena de colores mi vida, pero de ella no se puede vivir”, lamenta la líder de la agrupación.

Por las necesidades insatisfechas, la música pasa a segundo plano. Gloria, por ejemplo, es madre de 9 hijos y tiene 21 nietos. Es el sostén de la familia y diariamente debe trabajar. Heredó un terreno de su madre, donde siembra guayaba y tomate. Los sábados viaja con la cosecha de la semana hasta Otavalo, para comercializarlos.

Por su parte María Magdalena tiene 11 hijos, 17 nietos y 9 bisnietos. Cuando no está cantando es la curandera de la localidad. “Yo curo el mal aire, el mal viento, el espanto, el mal de ojo, entre otras cosas más. Además, soy catequista. Preparo a los niños para la primera comunión y confirmación”.

En cambio doña Rosa es la partera de la comunidad. Gana 50 dólares en cada alumbramiento al que asiste. La mayor de la dinastía Pavón asegura que aprendió el oficio dando a luz a sus 11 hijos. También ayudó en las labores de parto de sus 20 nietos y 3 bisnietos.

Las Tres Marías son un ejemplo de tenacidad y talento, según los moradores de Chalguayacu. “Aquí, quién no las conoce. Son nuestro orgullo y muchas veces por su música y folclore el mundo se entera de que en Ecuador hay un rinconcito que se llama Chalguayacu”, comenta Arturo Congo, dirigente de la comunidad.

En marzo de 2012 las tres imbabureñas recibieron un reconocimiento al mérito cultural, otorgado por el Ministerio de Cultura, insignia que guardan celosamente entre sus bienes más preciados.

Las tres hermanas manifiestan que la actividad cultural ha tenido mucha más apertura durante los últimos años. “Nosotras hacíamos música de forma profesional hace 45 años, pero nunca recibimos apoyo. En esa época nos hacíamos llamar Las Tres Milencas, por una novela que daban en la televisión. Pero fue solo hasta hace cinco años que los programas y espectáculos culturales comenzaron a aparecer. Fue en ese momento que encontramos nuestra oportunidad de dar a conocer nuestro folclore y cambiamos de nombre a algo más nuestro”, concluyó Rosa Pavón.

Antes de continuar con sus labores cotidianas, ensayan una de las canciones que interpretarán en la celebración del pueblo afro por el Día de la Mujer.

Como si se tratase de una orquesta, los sonidos y melodías de instrumentos musicales comenzaron a salir de sus bocas. “Vamos a la playa, hasta la playa blanca, donde gozaremos cantando la marimba.

Dame cocaleca, dame cocaleca, que la mora está seca”, es una de las estrofas con las cuales Las Tres Marías se despiden a ritmo de bomba. ““Ya basta de tanta farándula. Hay que cocinar”, bromea doña Gloria, y se marcha junto a sus hermanas.

http://www.telegrafo.com.ec/sociedad/item/el-cantico-de-las-tres-marias.html
http://www.mandragorateatro.org/index.php?option=com_content&view=article&id=351

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HH

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