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lunes, 5 de mayo de 2014

Visitación Padilla



Visitación Padilla, una de las mujeres de mayor protagonismo político y social en la primera mitad del siglo XX, nació en  Talanga, departamento de Francisco Morazán, el 2 de julio de 1882, en plena Reforma Liberal.  Se educó bajo el cuidado de Guadalupe Reyes, conocida  y sobresaliente maestra en su tiempo, declarada seguidora del pensamiento y obra  de Ramón Rosa, lo que, sin duda alguna, propició su formación intelectual y política para desenvolverse con propiedad  en el  ambiente culto de las/os  escritoras/es de su tiempo.

Conoció a las/os pensadoras/es  latinoamericanos y del mundo de entonces. Este es el caso del escritor, diplomático y político socialista argentino  Manuel Ugarte, versado en el pensamiento de Rosa Luxemburgo. Para Ugarte, el socialismo en Latinoamérica debía tener un carácter nacional que opusiera resistencia al imperialismo anglosajón,  perspectiva de la que se apropia brillantemente  Visitación y la aplica al análisis de la realidad hondureña.

Su inteligencia, ánimo y capacidad la convirtieron en una de las principales dirigentes de los movimientos sociales de su época en contra de los regímenes dictatoriales y sus agentes. Destacó en su lucha por la construcción de una democracia auténtica. Exaltó a través de sus escritos las cualidades de otros, comunicando a su vez las propias convicciones. En su  artículo de bienvenida a Ángel Zúniga Huete, quien regresa  a Honduras después de un obligado exilio de 16 años, hace referencia a  su calidad de “héroe del martirologio morazánida,  centinela de los principios más avanzados de la República, que se mantiene firme en la roca del honor y el deber”. En esa ocasión escribe como miembra del Frente Femenino Pro Legalidad,  de la que fue  militante activa y creativa, desde donde luchó -junto a Dolores Fiallos de Reina-  en contra de la dictadura.
Tenaz lectora, abrevó en las fuentes del pensamiento más avanzado y crítico de su tiempo. Así obtuvo las armas teóricas para enfrentar con valor y decisión las amenazas  de sus adversarios  a lo largo de su vida. Con talento y convicción nada comunes defendió todo aquello en lo que creía.  Cumplidos los 62 años,  alentó con sus escritos  la lucha por el derecho a la libertad,  siendo integrante  del Comité Pro-Liberación de los Presos Políticos que organizó sendas manifestaciones de solidaridad  con ellos el 29 de mayo y el 4 de julio de 1944.

Sin lugar a dudas,  incidió en el proceso formativo del movimiento social hondureño. Contribuyó activamente a la organización de las mujeres, en todo el territorio nacional,  a través de la Sociedad Cultura Femenina Hondureña (1926). Por iniciativa suya,  ésta se  afilió  a la Federación Obrera Hondureña, lo que significó para  esa organización una mayor beligerancia política. Muy tempranamente escribió sobre el feminismo en Honduras y el mundo. Se convirtió en pionera indiscutible y la más  combativa defensora de  los derechos civiles y políticos de la mujeres de su tiempo.  Por su compromiso político sufrió allanamientos y persecución, particularmente por sus denuncias desde  el Frente Femenino Pro Legalidad.

Su trabajo social fue sabiamente combinado con sus deberes como maestra:  fundó  jardines de niños, trabajó como catedrática de escuelas normales, fundó la primera Escuela Nocturna para Adultos, en beneficio de las trabajadoras domésticas, vendedoras ambulantes y del mercado, lavanderas y amas de casa. Asimismo, se esforzó por instruir a los primeros gremios de obreros que buscaban acrecentar sus conocimientos y asegurar su bienestar. Escribió el libro de  lectura para niños, Azucenas, y el ensayo Pasatiempos e Historias de la Educación Pública Hondureña.

Su rica personalidad se refleja también en su  actividad periodística. Fue columnista del periódico “El Nacional”;  dirigió la revista “El Mentor Hondureño”,  en 1913;  fundó y escribió en la revista antialcohólica  “Regeneración y Prosperidad”. Coherente con sus posiciones, se constituyó en  ferviente defensora de la soberanía nacional, al lado de Froylán Turcios. En 1924 dejó constancia escrita de su repudio a la presencia de marinos norteamericanos que habían ocupado Tegucigalpa bajo el pretexto de la guerra civil de ese año.

Choncita denunció en las páginas del “Boletín de la Defensa Nacional” que esta ocupación constituía una afrenta a la soberanía nacional y que en realidad respondía al hecho de que  Honduras era el primer exportador de bananos en el mundo, y  la ocupación buscaba  asegurar las grandes ganancias  para la United Fruit Company y  proteger los intereses económicos y políticos de Estados Unidos en la región. Ella misma, el 23 de marzo de ese fatídico año, reconoce en las páginas del Boletín  que su  Dios Único  es  La Libertad.

Su vida y obra, su correspondencia,  sus escritos, ya están siendo materia de estudio, constituyen un legado valioso y ejemplarizante,  tanto para las escritoras en ciernes como para toda/o hondureña/a que forja, días tras día,  su temple como demócrata.  El 12 de febrero de 1960  falleció en la ciudad de Tegucigalpa. Esta personal conmemoración es también un público reconocimiento  a la UNAH por haber declarado este 2010 como “El Año de Visitación Padilla”.
Anarella Vélez


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