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domingo, 24 de enero de 2016

Bernardita Remuy


Soy del pueblo Murui, en el departamento del Amazonas, del gran resguardo Predio Putumayo. Casi toda mi vida la he dedicado a apoyar procesos organizativos de los pueblos amazónicos. Durante un periodo trabajé como funcionaria pública pero desde ese espacio me di cuenta que mi labor era más necesaria desde los movimientos indígenas, por lo que tomé la decisión de seguir apoyando no sólo a mi pueblo sino a otros pueblos indígenas del Amazonas colombiano, todos ellos con una lucha común; una lucha difícil pero no imposible porque seguimos aún en la resistencia después de 515 años.
Creo que ese es el reto que tenemos nosotras las mujeres, quienes somos fundamentales dentro de los procesos de los pueblos indígenas

Guardianas de la biodiversidad en la amazonía colombiana: Mujeres indígenas y cambio climático

Durante siglos nuestra madre tierra nos ha albergado, nos ha brindado lo necesario para la pervivencia como pueblos y hemos entendido que hacemos parte integral de este planeta y, en retribución, hemos de cuidarla, respetarla y protegerla, porque ella es el legado para nuestras futuras generaciones.
A pesar de nuestros esfuerzos por mantener esta concepción de conservación y protección, la madre tierra se encuentra constantemente amenazada. Durante miles de años las mujeres indígenas hemos tenido que sufrir cambios sociales, políticos, económicos y administrativos, así como también culturales y ambientales. Cambios que en su mayoría son negativos para nuestro bienestar, el de nuestras familias y comunidades, como lo es el cambio climático. 

Actualmente se habla mucho sobre este tema y estudios científicos demuestran que los bosques lluviosos del Amazonas central están experimentando grandes cambios en su dinámica y composición de especies, producto de los altos niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, que aumentan cada día; han hallado también que la mayor concentración de los diferentes gases contaminantes se encuentran en el océano y que, cuando hay amplias extensiones de cultivos, la tierra emite grandes cantidades del llamado dióxido de carbono. 
Además, y en vista de que la superficie forestal mundial se reduce cada año a causa de la deforestación, tenemos presencia de huracanes con mayor intensidad y frecuencia, la extinción de fauna y flora, el aumento del periodo de sequías, inundaciones, olas de calor, detrimento de los glaciares, aumento de incendios forestales, entre otras muchas consecuencias, sin nombrar los efectos que todos estos factores causan en el ser humano. 

Las mujeres indígenas no somos ajenas a estas causas y consecuencias, ya que las padecemos directamente. Es en nuestros suelos que se buscan los recursos naturales, donde - con el pretexto de ampliar las fronteras agropecuarias y la colonización- se talan árboles, se queman bosques y se explota a cielo abierto la minería. Entonces, cuando queremos recoger los frutos de esos árboles, cuando nuestros hombres van a cazar, a pescar o a buscar los materiales para la construcción de nuestras viviendas, o cuando nuestros hijos van a jugar al río, nos encontramos con una desolada verdad: ya no están los recursos o se encuentran destruidos, y parte de nuestro sustento alimenticio y de vida se ha perdido. 

Cuando salimos de casa nos encontramos con la destrucción de hábitats por la contaminación y por la aspersión con químicos, ya sea para la erradicación de cultivos ilícitos o fumigaciones para el control de plagas de los monocultivos lícitos, y nos enfrentamos a enfermedades tales como deformaciones genéticas, problemas de piel, contaminación de las aguas, problemas gastrointestinales, dengue, fiebres y hasta cáncer, y muchas de nosotras -por no decir la totalidad- no contamos con la atención médica adecuada y tenemos que sufrir las consecuencias. 

Nuestros estilos de vida se ven afectados y se nos dificulta tener mayor certeza para predecir los ciclos naturales, los cuales son de vital importancia para nosotras y nuestras comunidades. A través de ellos sabemos cuándo sembrar, cuándo tendremos las cosechas, cuándo hay subiendas, conocemos las épocas de caza y reproducción de los animales, y sabemos cuándo los ríos son transitables. Nos enfrentamos con mayor frecuencia a sequías o inundaciones, fuertes olas de calor o frío, que nos afectan como humanos y que ponen en riego nuestra pervivencia como pueblos indígenas; nuestro calendario ecológico se ha descontrolado, al igual que el sistema planetario, por causa del cambio climático.

Como mujeres vemos que en Colombia se han escrito leyes a favor del medio ambiente y la protección de los pueblos indígenas, tales como: Ley 99/1993; Ley 388/1997; Decreto 2811/ 1974; Ley 629/2000 y muchas más. A pesar de la normatividad existente a favor de la conservación, protección y defensa de los recursos naturales y biodiversidad, nos preocupa la existencia de normas como la Ley Forestal, recientemente aprobada, la cual desconoce y no se armoniza con los pueblos indígenas ni con los principales instrumentos internacionales.

Dicha ley, como lo expresa el Ministro de agricultura en su discurso de diciembre 2006 "es apta para la reforestación comercial", como si la vida silvestre de flora y fauna tuvieran ese único objeto: "lo comercial". No deja disposiciones equivalentes para la conservación y manejo sustentable de los bosques naturales; se desconoció nuestra opinión y autonomía frente a este proyecto de ley, poco importó nuestro aporte de protección de los recursos naturales a favor de la vida de la humanidad, el Gobierno y los entes estatales no nos invitaron a participar; en fin, no fuimos escuchados.

El proyecto va en contravía de los Derechos fundamentales de nuestras comunidades en cuanto a la propiedad colectiva de los territorios y los derechos administrativos, de uso, manejo y aprovechamiento del patrimonio natural. Además, ignora a nuestras autoridades y formas organizativas para la toma de decisiones. Se habla que los "indios", como lo expresan muchos, tienen 30 millones de hectáreas de tierras y se desconoce que la mayor parte de estas tierras asignadas se encuentran en la Amazonía colombiana, y que los pueblos indígenas que habitan en estas zonas cuidan y protegen esta gran diversidad natural en beneficio de la humanidad y solo una mínima parte es realmente aprovechada por nuestras comunidades indígenas. Pero no se llama la atención sobre los 15.273 propietarios dueños del 61.2% de las tierras en Colombia y sobre cuál es su aporte para no desmejorar las condiciones ambientales y en pro de vida de la humanidad. Y si analizamos más allá, ¿cuál es el compromiso de los países industrializados para no seguir emitiendo gases contaminantes dañinos para el medio ambiente y que van en detrimento de la vida de cada uno de los seres vivos que habitamos este planeta?

 En la Ley se separa "derecho al vuelo forestal y el derecho al suelo", con la intención de disponer de los bosques para la inversión comercial y el mercado internacional, dejando sin piso el carácter de inalienable, imprescriptible e inembargable de los territorios indígenas, el valor de los bosques, sus ecosistemas, y la biodiversidad como parte de la supervivencia física y cultural de las comunidades indígenas.

Nos asusta aún más no sólo como mujeres, sino también como madres y portadoras de la cultura, cuando en el artículo 26 de dicha ley se habla de expropiación, y nos preguntamos ¿qué pasara con nuestros pueblos, estarán condenados al exterminio? Además, se deja sin protección a nuestros recursos biodiversos, los tangibles e intangibles, cuando manifiesta que "tratándose de aprovechamiento científico, el proyecto de investigación tiene mérito de plan de manejo ambiental" (Ley Forestal de 2007)

Con este panorama las(os) defensoras(es) del patrimonio natural y como mujeres indígenas, nos hacemos las siguientes preguntas: ¿estamos condenados al exterminio?, ¿habrá futuro para nuestros pueblos y cultura?, ¿qué pasará con nuestras futuras generaciones?, ¿la humanidad y sus líderes tendrán asegurado su futuro en términos naturales?, ¿por qué esta lucha por la defensa de nuestro patrimonio natural mundial se ve rezagada a un segundo plano?, ¿es acaso un problema solo de los ambientalistas?, ¿qué pasará cuando ya no tengamos agua, ni bosques, ni alimentos?, ¿será que el mundo, y cada uno de nosotros, permitiremos que se cumplan pronósticos como los que establecen que en el 2050 la tercera parte de la tierra fértil se reducirá y que a partir del 2025 no habrá agua y moriremos de sed?

El cambio ambiental que sufre la tierra es consecuencia de la falta de responsabilidad de todos los seres humanos, ya sea por acción u omisión. Debemos generar compromisos serios en pro de la defensa de nuestro mundo, por la vida, la de nuestros hijos y de la humanidad, y que la gente en todos los rincones sienta la importancia de no destruir el legado para nuestras futuras generaciones: EL PLANETA, NUESTRA MADRE TIERRA, NUESTRA PACHA MAMA, EL ABIAYALA. MUJERES INDIGENAS CONSTRUYENDO Y PROTEGIENDO LA AMAZONIA COLOMBIANA, OPIAC
Bernardita Remuy

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