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sábado, 4 de junio de 2016

Sakena Yacoobi


ELENA COUCEIRO ARROYO
Autora del texto

AFGANISTÁN, 1957

Fundadora y presidenta de AIL (Afghan Institute of Learning – Instituto Afgano de Aprendizaje), una organización sin ánimo de lucro que trata de proveer de educación a las mujeres y niñas afganas para que conozcan sus derechos y para contribuir al desarrollo y la paz en el país. La lucha contra el analfabetismo, que sufre el 72% de la población afgana, es el objetivo central de sus programas. AIL también desarrolla servicios de salud y proyectos generadores de recursos (formación en costura y confección). Por su labor, Sakena Yacoobi ha sido galardonada, entre otros, con el Premio Peacemakers in Action (Pacifistas en Acción) del Tanenbaum Center for Interreligious Understanding y el Premio a la Democracia 2005 de National Endowment for Democracy. Ha sido una de las 1.000 mujeres nominadas al Premio Nobel de la Paz en 2005. También es miembro del Comité de Presidentes de la ONG estadounidense Creating Hope International. 

“Mi padre nos animaba a aprender y a poner en práctica lo que aprendíamos. Creo que eso tuvo un enorme impacto en mí”. A tenor de la intensa labor que realiza su organización en un entorno tan complejo como Afganistán, no hay duda de la fe inquebrantable de Sakena Yacoobi en la educación como motor del desarrollo, del reconocimiento de los derechos y, también, de la paz. 

En Estados Unidos, estudió la licenciatura de Biología y un master en Salud Pública. En el mismo país Sakena ejerció de terapeuta familiar, asesora de salud y profesora. 

En 1992, viajó a Peshawar (Pakistán) a trabajar en los campos de refugiados afganos. Dirigió el programa de formación de profesorado para mujeres del International Rescue Committee (Comité Internacional de Rescate), para el que desarrolló una nueva metodología e innovadores manuales. Durante el año que estuvo frente a esta iniciativa, se multiplicó por cinco el número de refugiadas que acudían a las aulas (de 3.000 a 15.000). Pero una vez acabada la guerra con la URSS, la financiación del programa se redujo drásticamente y Sakena, resuelta a apostar por la educación de las mujeres como un camino seguro hacia el desarrollo del país, fundó en 1995 el Afghan Institute of Learning (AIL). Desde entonces, sus programas educativos, sanitarios y productivos llegan a unas 350.000 personas al año. 

El centro de su apuesta es la formación de profesores. El éxito del método es tal que AIL, a petición del Gobierno, capacita a los docentes de las escuelas públicas. Sakena explica: “En la escuela en Afganistán el aprendizaje se basa en la memorización y hay estudiantes que no saben ni leer ni escribir” y sostiene que “los sistemas educativos han fracasado porque no partían de las necesidades de los estudiantes”. En la formación a los profesores, Sakena apuesta por la enseñanza de métodos interactivos como “el debate, las piezas teatrales y el fomento de las preguntas”, además del estudio de casos de temas tabúes como la violación o el incesto. En los manuales destinados a los profesores, AIL los anima a enseñar estrategias de resolución de conflictos y habilidades comunicativas, inculcar el respeto, fomentar la asertividad y explicar los derechos humanos recurriendo a casos o ejemplos prácticos. 

El método educativo diseñado por AIL, con el objetivo principal de erradicar el analfabetismo y promover el pensamiento crítico, es interactivo y se desarrolla en función de las comunidades en las que se implanta. La puesta en marcha de sus programas ha de partir de la demanda de las comunidades y la colaboración estrecha de los líderes locales para tener éxito. “A las comunidades les pregunto qué pueden hacer dentro del proyecto y comentan que pueden poner el techo, o alguien puede ser el conserje o guarda de seguridad. Puede parecer poco, pero es mucho porque es la manera de que pongan su contribución y es muy importante porque, como les digo, éste es su programa, no es nuestro”. En el caso de los programas de salud, AIL dispone de clínicas que ofrecen “planificación familiar y educación sanitaria”. 

La presidenta de AIL no oculta el orgullo que siente por el impacto de su trabajo: “Los pacientes de las clínicas gozan de mejor salud, de hábitos higiénicos, tienen menos hijos… Las comunidades en las que empezamos a trabajar nos piden un programa de alfabetización, porque han estado en otros pueblos y han visto que nuestro programa ha cambiado la vida de las personas porque tienen más ingresos y los niños van a la escuela. Las mujeres que han participado en los programas nos cuentan que sus maridos no les pegan más, porque las capacitamos en derechos de la mujer, es un tipo de educación para la paz”. El cambio en la vida de las mujeres es mayúsculo, especialmente porque, según Sakena, las mujeres “curan sus heridas después de haber sufrido la violencia y la guerra y, además, tienen esperanza en el futuro”. 

Precisamente la esperanza en un futuro mejor es lo que mueve a AIL a educar a las afganas. En uno de los países más inestables del mundo, Sakena no duda en considerar que “los terroristas suicidas, los secuestros, los abusos a mujeres, la muerte de inocentes, todo eso se debe a una falta de educación. Si tuvieran acceso a la educación, comida y salud, los afganos no recurrirían a estas cosas. La educación tiene un vínculo estrecho con la pobreza y con la guerra”. Centrar el esfuerzo en las mujeres permite, a juicio de AIL, mayor garantía de trasformación social pues, como subraya Sakena, “una vez una mujer cuenta con educación, se asegurará de que sus hijos también la tengan”. Por otro lado, la prioridad de las mujeres en los programas de AIL es de justicia: “Desde la guerra, las mujeres afganas han sufrido abusos, sus derechos les han sido arrebatados. Así que les damos a conocer sus derechos para que los defiendan. Algunas mujeres se han visto obligadas a casarse muy jóvenes porque no son conscientes de que pueden elegir con quién casarse”. Durante la época de los talibanes, esta labor de enseñar a las mujeres a escribir, leer y defender sus derechos hubo de realizarse en escuelas clandestinas que ofrecían todos los cursos de educación básica: “No era algo fácil, pero por la demanda de la gente acudíamos a las comunidades”. La líder de AIL sabe que su actividad entraña graves riesgos, aunque nunca ha sido atacada: “Todos los días mi vida y mi programa están amenazados, pero si tienes un objetivo y trabajas desde el corazón tu vida no significa mucho”. Eso sí, esta mujer luchadora responde a aquellos que consideran que AIL representa una amenaza al Islam que ella es musulmana y que esta religión es “democrática, reconoce los derechos de las mujeres, reconoce que han de ser tratadas con amabilidad y en igualdad”. 

Sus programas no sólo se dirigen a chicas y mujeres. En 2002, miembros de AIL que se dirigían a una comunidad fueron detenidos por unos chicos armados que les espetaron: “Ofrecéis educación a las chicas y niñas, pero, ¿nosotros qué? Sólo tenemos estas armas. Sólo matamos, no podemos hacer otra cosa”. Desde entonces, AIL también ofrece “programas de alfabetización y formación para la paz”, subraya Sakena, que han contribuido a formar a “buenos ciudadanos”. 

Frente a las afirmaciones de que en Afganistán hay una democracia, Sakena Yacoobi se muestra muy crítica: “¿Cómo puede ser una nación democrática si el pueblo de esta nación no sabe leer ni escribir? ¿Cómo puedes implementar una democracia si la gente no conoce sus derechos? No podemos hablar sólo de democracia, tenemos que preparar a la gente para ella”. 

Cuando se le pregunta cómo ve su país en 10 años, Sakena responde: “Si nos podemos librar de la ignorancia y de que los afganos y afganas sean borregos que hacen lo que dice un líder, sería maravilloso. Tengo el privilegio de ayudar al pueblo afgano para forjar un nuevo Afganistán. Trabajo para eso y espero estar viva para verlo”.

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HH

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