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viernes, 21 de abril de 2017

Fátima Fernández Christlieb, militante de la comunicación


Fátima Fernández Christlieb. militante de la comunicación, es licenciada en ciencias y técnicas de la información, doctora en sociología, académica de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. 
Esta académica, quien fungiera como directora general de Normatividad de Comunicación en la Secretaría de Gobernación y tiempo antes como directora de tvunam, posee buen sentido común, está acostumbrada a dudar, pensar y cuestionar, también es defensora de que en el mundo debe reinar el diálogo y el vínculo, aun entre los más diferentes. 

Ha publicado Los medios de difusión masiva en México (Juan Pablos, 1982), La responsabilidad de los medios de comunicación (Paidós, 200), colaboró en México: el reclamo democrático. Homenaje a Carlos Pereyra (Siglo xxi, 1988) y Comunicación política y democracia en América Latina (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales ,1982), entre otros. 

Taemos parte de uno de sus escritos :

Mujeres: ¿discriminación o automarginación del ejercicio del poder? 


En la segunda década del siglo xxi hay miles, millones de mujeres capaces para las labores que exige la democracia. El problema es el tipo de democracia al que habría que entrarle y además los asuntos que habría que resolver son herencia muy masculina. El de los automóviles en las ciudades, por ejemplo. El desarrollo de la industria automotriz no provino de un proyecto femenino, el fomentar la instalación de más armadoras de vehículos en el país no tiene que ver con un interés de las mujeres, pero si entran a gobernar deben tomar decisiones sobre ello y contener los múltiples efectos colaterales de un eventual alto a dicha producción o de un cambio drástico hacia el replanteamiento del transporte público. Una mujer consciente de esto lo piensa dos veces antes de lanzarse al ruedo.

 Es mejor gobernar lo gobernable, dirían muchas madres de familia. Y lo gobernable –aunque cada vez con mayor dificultad– es la vida cotidiana. Por ello, tantas mujeres se hacen a un lado, no le entran a un proyecto cancelador de una parte de sus días. Se automarginan con conciencia y claridad de lo que ello implica. Hay quien a esto le llama discriminación. En este caso preciso no lo es. No quiero decir que la discriminación de la mujer no exista. Por supuesto que la hay, está muy documentada y está presente, pero aquí el acento está colocado en otro ángulo del asunto: en la jerarquía interna de muchas mujeres preparadas y aptas para cargos relevantes. En su escala, es preferible una vida más modesta antes que entregar sus días a labores que se traducirían principalmente en salario alto, exposición mediática y, si tienen suerte, en uno que otro cambio en el área de su especialidad. 
Una cineasta alemana, Doris Dörrie, explicó convincentemente lo que en el fondo mueve a las mujeres. En su tercer cortometraje, Hombres (Männer, 1985), que se exhibió en México en una muestra de cine a finales de los años ochenta, coloca una frase clave en el momento climático de la película:
 —Ya sé —dice el marido exitoso, abandonado y deseoso de entender a las mujeres—, comienzo a darme cuenta de que el hombre es lo que hace, y la mujer es lo que es, por eso antes de hacer, a ellas les interesa ser.

En efecto, si una percibe que un trabajo o una relación de pareja pone en jaque la posibilidad de ser, de construir los días con satisfacción, de darles sentido, pues eso, lo que sea, lo que se oponga, pasa a segundo plano y la energía central se enfoca a continuar sintiéndonos vivas. Renunciar a un ascenso, a un trabajo, a una responsabilidad grande, le es más fácil a una mujer que a un hombre. El techo de cristal a veces lo construimos nosotras mismas. Hay casos pues, en que nadie nos discrimina, nos salimos del juego, a veces, antes de que comience...

... Más pronto que tarde llegará el día en que ese trabajo cotidiano de las mujeres vaya modificando el entorno, de manera que con el respaldo de millones de mujeres, una de ellas pueda estar al frente del gobierno federal. No para replicar los modelos masculinos del ejercicio del poder, sino para atreverse a encabezar modificaciones de fondo en el sistema político mexicano. Cuando las mujeres sentimos un real apoyo de grupo y en este eventual caso de muchos grupos, podemos hacerle frente a una pesada responsabilidad, cualquiera que ésta sea. 

Para asumir la presidencia de la república con plena conciencia de lo que significa y con probabilidades altas de éxito, tendría que haber una sólida, consistente y eficaz organización ciudadana detrás, junto, encima y al lado de esta mujer. Tendría que ser una organización de hombres y mujeres, claro, de especialistas y legos, de jóvenes y maduros, de mexicanos sabedores de que una organización de la vida diferente no vendrá de arriba, sino que brotará de la fuerza horizontal de quienes persiguen un objetivo común
...

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HH

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