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jueves, 2 de julio de 2020

Angeles Martín Fuentes maestra querida


Nació doña Angeles Martín Fuentes en Santa Cruz de Tenerife destacando desde niña por su gran afición por los libros, siendo siempre una alumna aventajada. Cursó sus estudios en la Escuela Normal de La Laguna, donde tras una brillante Carrera obtiene el título de Maestra de Primera Enseñanza con las mejores calificaciones. Su primer destino sería la Escuela de niñas de Tacoronte, en la que ejerce como interina. Obtiene al poco tiempo por oposición la plaza de la Escuela Unitaria de niñas de El Escobonal (Güímar) con un sueldo anual de 3.000 ptas. 

Su carácter bondadoso, su paciencia y su gran amor por la docencia hicieron que las numerosas alumnas que recibieron sus clases aún la recuerden con cariño. Contrajo matrimonio con don Alfonso Rogelio Delgado Duque, que era un lector incansable. Su inteligencia natural y su espíritu inquieto hacía que participara en todas las actividades culturales y sociales de la localidad donde doña Angeles ejercía como Maestra. Recién casada, doña Angeles solicita traslado y es destinada a la Escuela Unitaria nº 1 de niñas del Realejo Bajo, después de diez años ininterrumpidos de labor y con el consiguiente disgusto de los sorprendidos habitantes de El Escobonal a quienes les costó asimilar la pérdida de una inolvidable Maestra.

Se incorpora en Los Realejos a la referida Escuela Unitaria situada en el edificio del Ex-Convento de San Agustín, donde funcionaba el Ayuntamiento del entonces Realejo Bajo, dos Escuelas Unitarias, la que regentaría doña Angeles y otra escuela de niños. Y a poca distancia y siguiendo los corredores hacia poniente a sólo unos quince metros de distancia de la nueva escuela de esta gran Maestra se encontraban las instalaciones del Colegio «San Agustín», ocupando la dirección de este Centro el que con su firma dedica este modesto trabajo con su más sincera emoción y el más grato de sus recuerdos; contaba también el edificio del antiguo Ex-Convento con una sala de ensayo de la Banda de Música «La Filarmónica», las oficinas del Juzgado de Paz, administración de Correos, teniendo acceso al Santuario del Carmen. 
En este edificio, puede decirse, estaba concentrada toda la vida municipal y cultural del pueblo, teniendo lugar además con relativa frecuencia la realización de obras teatrales en la Sala de Sesiones del Ayuntamiento, actuaciones de los Circos que pasaban por los pueblos de la isla, y es, en este edificio, en el que sobresalía una esbelta palmera, donde yo conocí a una Maestra que me produjo, desde los primeros momentos en que la traté, un impacto imborrable, sobre todo por la expresión de sus ojos. 

Y digo esto porque a medida que la iba conociendo y comencé a captar el amor que esta gran mujer sentía por la enseñanza, cuando hablaba de sus alumnas, de sus buenas alumnas, sus ojos vibraban de una manera especial, dándome cuenta que no sólo le entusiasmaba la enseñanza. Tenía una vocación inequívoca, siendo para mí lo más grandioso. Su gran ilusión la constituía el porvenir de sus alumnas, ya que trataba por todos los medios que una chica preparada por ella y que consideraba con aptitudes para continuar estudios, lo lograse y ese era su objetivo principal.

 Este hecho lo pude apreciar no sólo una vez sino en multitud de ocasiones, siempre batallaba y cuando veía que una alumna ya lograba la ayuda solicitada por ella, sus ojos tenían esa expresión, para mí única, de satisfacción. Como dato curioso habían nacido sus tres ilustres hijos que cursaban el Bachillerato en el Colegio «San Agustín» y se daba siempre, pero siempre que hablaba conmigo, el tema exclusivo de la conversación eran sus niñas, sus alumnas. No me hablaba de los estudios de sus hijos, pues sabía muy bien la buena marcha y el interés de todos ya que eran unos excelentes estudiantes. 
Yo quiero confesar aquí que aquella sacrificada Maestra me contagió, bendito contagio, de ese interés por lo social, por ese interés por los demás, pues si algo hice yo en mi vida por mis antiguos alumnos estará marcado por ese matiz de tipo social que he llevado toda mi vida y esto me lo transmitió la siempre recordada doña Angeles. 

Creo que la etapa más difícil de doña Angeles y su familia fueron aquellos años de la post-guerra española y consiguiente guerra mundial en la que el sacrificio de esta noble y gran familia, por circunstancias que le fueron adversas, llegaron a un límite, muy difícil de superar. 


Creo que son muchas las mujeres que pasaron por las clases de doña Angeles y muchas las que se han colocado en distintas profesiones, varias son Maestras y me consta que la recuerdan y de que siempre comentan sobre la convivencia de un homenaje póstumo a esta inolvidable Maestra que lo dio todo por sus alumnas, preocupándose porque siguieran estudiando, buscando incluso las soluciones, dado el estado de escasos recursos con que contaban sus familias. Ella siempre encontraba el camino para obtener esa continuidad en sus estudios de Bachillerato. Ustedes, antiguas alumnas de doña Angeles, tienen la palabra; hay que movilizarse, hacer gestiones, planificar algo significativo y que espera, seguro estoy, doña Angeles desde el cielo y un llamamiento también a nuestras autoridades locales para que se informen y lleguen a conocer quién fue doña Angeles. Doña Angeles después de sus 25 años en Los Realejos de fecunda labor pasó a ocupar un destino en la Escuela Graduada «25 de Julio» de Santa Cruz de Tenerife en 1959. En el año 1972, después de 47 años dedicada a la enseñanza pasó a la situación de jubilación recibiendo por su brillante labor la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio.
Rafel Yanes Pérez

https://losrealejos.es/documentos/prensa/los-realejos-a-traves-del-tiempo/boletin_x_septiembre.pdf

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