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sábado, 7 de junio de 2014

Paraguazú


Traemos esta historia escrita por Emilia Serrano Garcia  del libro América y sus mujeres (Barcelona, Est. Tip. de Fidel Giró, 1890 )
Era por el año 1535, y cuando ya desde principios de aquel siglo había sido descubierto el Brasil por Cabral. Muchos capitanes portugueses, vasallos de Juan III, recorrían el territorio y se internaban para explorarlo; pero nadie había llegado hasta Tupinambas, en donde sólo por algunos indios que huyeron de los puntos de desembarco se tenía noticia de los hombres blancos, muy diferentes de aquellos habitantes de los bosques, de cutis bronceado, cabellos lacios y negros como el cuervo y ojos en donde arde el fuego de los trópicos. No ignoraban que muchas de las tribus habían disputado el paso á los intrusos y que éstos disponían de armas que diezmaban á los indios y los vencían (...)

Diego Álvarez de Correa era un portugués que, llevado de su ambición por los descubrimientos, habíase internado por aquellas costas con otros compañeros para explorarlas, saltar en tierra y tomar posesión en nombre del rey de Portugal; este plan lo destruyó la tempestad.

El náufrago encontró asilo en casa del cacique de Tupinambas, padre de Paraguazú.

No tardó el amor en unir á la seductora india con el aventurero portugués, y en aquel encantador oasis corrieron las semanas y los meses, dándole la confianza del cacique y gran prestigio entre los indios.

Paraguazú tuvo para el europeo las atenciones más delicadas, el interés más tierno y cifró su felicidad en emplear todos los medios para que olvidase la patria, única rival que tenía en el corazón de Diego.

La dicha de la india no conoció límites cuando llegó á ser esposa de Caramurú (creador del fuego), nombre que le daban las tribus, porque miraban al portugués como á un ser sobrenatural.

Bien quisiera Diego salir de un centro que no era el suyo y volver á la vida activa y civilizada, y como tenía puesta su esperanza en la casualidad que llevase algún buque por las inexploradas costas, pasaba horas y horas cada día, escudriñando el horizonte hasta donde le era dable alcanzar con la vista.

Mientras tanto Paraguazú se instruía espontáneamente, para ponerse al nivel de su marido, soñando para él con algún cacicato y acostumbrándose con fácil soltura al idioma portugués. Su agudeza y su ingenio encantaban á Diego; pero no hasta el punto de que rechazase la idea de la fuga ni desistiese
de la resolución de abandonar á su mujer. Nunca pensó en sondear su pensamiento, porque estaba persuadido de que Paraguazú no consentiría en salir de Tupinambas.
El impaciente deseo de Diego se cumplió con el paso de un barco impelido por los vientos hacia el golfo de Bahía.

A sus señales y gritos, respondieron los del buque enviando un bote, y ávido de alcanzarlo cuanto antes, lanzóse Diego al agua y nadó con más vigor al oir un grito de Paraguazú. La india, adivinando el intento, se había arrojado al mar, y animosa y conducida por el imán de su amor, llegó á la lancha al propio tiempo que Diego, y con él la condujeron á bordo del navio, que era francés.

En París y en la corte de Catalina de Médicis brilló como una estrella la india del Brasil, no sólo por su belleza magnífica y por sus formas escultóricas, sino también por su entendimiento despejado y por la cultura rápida que adquirió. Aquella mujer, nacida, criada en las selvas y en la absoluta ignorancia de la civilización, no tardó en conquistar el interés de la reina, que la apadrinó al hacerse católica: Paraguazú se llamó en adelante Catalina Álvarez.

No se le ocultaba á Diego la influencia que ejercería en las tribus de Tupinambas la inteligente brasileña, precisamente en los momentos en que se extendía la dominación portuguesa y se colonizaba el país. Su proyecto tuvo inmediata realización.

Como la mayoría de los pueblos de América, organizábase el Brasil-colonia, y no escasearon, á semejanza de aquéllos, los ambiciosos y los perversos que hicieron odiosa la conquista y desprestigiaron las respectivas
Metrópolis por sus abusos y tiranías; uno de ellos fué Pereira Coutinho, que envidioso de la saludable influencia que Caramurú y Catalina ejercían sobre los indígenas, mandó encarcelar al portugués, sin parar mientes en los servicios que él y su mujer habían hecho á Portugal.

En breve se arrepintió de su imprudencia y ligereza. Paraguazú enarboló la bandera de la rebelión y amotinó todo el país contra los portugueses.
Sus fieles indios tupinambos tomaron las armas y vengaron la prisión de Caramurú, con la muerte de Pereira Coutinho y la de un hijo suyo. La cabeza del primero fué paseada en triunfo.
Hace contraste con el arrojo de la heroína india, su fe religiosa y su ferviente empeño por enaltecer el Catolicismo. A esta singular mujer se debe la fundación del primer templo consagrado á Nuestra Señora de Gracia, y el donativo del mismo, amén de muchas tierras, hecho á los padres benedictinos.

Todavía se enorgullecen con descender de la valiente indiana las más encopetadas familias brasileñas
Emilia Serrano, baronesa de Wilson, 1843-1922, América y sus mujeres (Barcelona (España)
http://scholarship.rice.edu/jsp/xml/1911/21863/1/m004.tei.html#div2001
Pag 46
http://atlantisburnamakumara.blogspot.com/2013/08/20-tupi-pindorama-nheenga-tupi-lingua.html

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HH

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