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martes, 16 de septiembre de 2014

Teresa Dovalpage




Teresa Dovalpage: romances transgresores

Teresa Dovalpage lleva más de treinta años escribiendo.
—Pero empecé a los quince, tampoco me crean más vieja de lo que soy —aclara la autora cubana, ahora radicada en Taos, un pueblo situado en las montañas de Nuevo México.
Salió de Cuba en 1996 y publicó su primera novela en inglés, A Girl like Che Guevara, en 2004, con la editorial Soho Press.
—Ese mismo año Pureplay Press sacó Posesas de La Habana en español —dice—. Desde entonces ando a cuestas con el bilingüismo, que a veces es una bendición y otras un reto, en la vida y en la escritura.
Entre sus libros se encuentran Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), Habanera, a Portrait of a Cuban Family (Floricanto Press, 2011), La Regenta en La Habana (Edebé, 2012), El difunto Fidel, Premio Rincón de la Victoria 2009 (Renacimiento, 2011), Orfeo en el Caribe (Atmósfera Literaria, 2013), El regreso de la expatriada (Egales, 2014) y varias colecciones de cuentos.
—Ahora trabajo en el periódico Taos News y la mayoría de mis artículos son en inglés —dice—. En casa hablo inglés con mi marido porque no me queda de otra… ¡cómo no nos entendamos por señas! Por suerte enseño español en la universidad, así mantengo ese lazo especial con el idioma. De todas formas, no creo que lo pierda jamás. Si me pillo un dedo con la puerta, digo coño, no ouch.

Dos romances transgresores
Aunque no se considera una autora romántica, Dovalpage ha coqueteado con el género en dos de sus novelas. Una es La Regenta en La Habana, el romance de una cougar literata, en la que Yoana Rodríguez, una profesora de literatura española, reescribe el final de la célebre novela de Alas, transformándolo en uno de corte feminista y más benévolo con Ana Ozores. Por otro lado, Yoana debe decidir entre un marido maduro y respetable, pero sexualmente agónico, como el Don Víctor de Clarín, y un joven y apasionado estudiante que le recuerda, claro está, a Don Álvaro.

La protagonista reflexiona sobre su situación:
“Después que Mesía, asustado, huye a Madrid, Ana se queda en Vetusta, donde todos la critican por su adulterio, absolutamente aislada del mundo frívolo que la había adulado hasta entonces. Siempre me dije que yo, Ana, habría seguido a mi tenorio a la capital. Yo, Ana, lo habría llamado a contar, lo habría obligado a romper con la otra amante que tenía… O simplemente me habría alejado de Vetusta, del aburrimiento perpetuo, que era lo único que podía ofrecerme la heroica ciudad. Pero ahora no se trataba de la protagonista de Clarín. Ahora no era yo, Ana sino Yoana. Me correspondía actuar a mí. ¿Qué hacía? (…) Sí, podía eternizarme en aquella sobrevida, sin sarcasmos ni orgasmos, en un dulce marasmo. Sin hijos, aburrida al lado de un vejete canijo. O podía mandarlo todo al cuerno e irme a Madrid —esto es, al Vedado— detrás de mi galán. (…) Tremenda disyuntiva. Las cosas no han cambiado tanto a más de un siglo de distancia, Maestro Clarín, concluí mientras los números rojos del reloj digital me hacían un guiño cómplice en la oscuridad. No han cambiado ni un poquitico así. Como cantaba otro español ilustre, Julio Iglesias, la vida sigue igual. Al final, las obras quedan, la gente se van. Otros que vienen las continuarán… ¿qué cree usted, señor Alas?”
La novela termina con un guiño esperanzador; quizás las cosas sí han cambiado, o las mujeres, por la fuerza de sus ovarios, las han obligado a cambiar.
Los ovarios juegan también un papel fundamental en El retorno de la expatriada, una historia de amor lésbico entre Catalina, exiliada cubana que regresa a su país tras quince años de ausencia en busca de su antigua amante, y Maiviz, una víctima de acoso sexual que ha silenciado su calvario porque se le atragantan las palabras, perdidas en las noches húmedas y calientes de la infancia.
A diferencia de Yoana, Catalina no se pregunta qué hacer ni busca en novelas decimonónicas la respuesta a problemas del siglo veintiuno. Para ella, la vida, definitivamente, no ha seguido igual. Le espeta su madre, en una discusión:
“—Cuando se entere la gente, nada. ¿A mí qué más me da? Me importa poco lo que digan. Aquellos nombres que tanto me asustaron hace años ya significan otra cosa para mí. Los he empezado a usar en camisas, polos y gorras. Los escribo en letreros que llevo a marchas del orgullo gay. Soy lesbiana, sí. Tortillera. Sáfica. Y, para que te enteres, lo tengo a honra. ¡Pucha con pucha, lesbianas en la lucha!”
Su franqueza, al final, contagiará a la amante, que consigue recuperar las palabras perdidas en su niñez.
En ambos casos, las historias de amor se caracterizan por la transgresión, ya sea de edad o de género. La autora, deslenguada, le da voz tanto a Ana Ozores como a dos cubanas contemporáneas que se descubren a sí mismas cuando deciden vivir sus vidas plenamente, sin preocuparse por las opiniones ajenas. El amor triunfa, como en los romances de antaño, pero con heroínas fuertes y bien plantadas que no necesitan de caballeros al rescate.
—Al fin y al cabo, de eso se trata la escritura —dice Dovalpage—. De entretener, desde luego, pero también, entre col y col, de mandar un mensaje en clave para que lo descifre el curioso lector.

Para saber más de la autora, visite su sitio en la red http://teresadovalpage.com/



Teresa Dovalpage, Ph. D.
Blog in English http://teredovalpage.com/
Blog en español http://teresadovalpage.com/




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