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domingo, 26 de junio de 2016

María Cecilia


Sus ojos gris acero no solían mostrar alegría, pero cuando sonreía, temblaba el Universo.
Nació en el retrete del piso donde vivían sus padres, en un viejo barrio de Madrid. Su padre juntó las manos formando una cuna, para evitar que cayera al suelo y eso dio lugar a una relación especial entre ambos. Por eso, cuando él murió, estuvo más de un año metida en la cama, con una depresión atroz que, quien debía atender, no atendió, pensando que así era mejor para ella.
Nunca fue una niña conflictiva, lloraba a menudo, hablaba bajito y comía muy poco. Si alguien la forzaba a comer, tragaba sin rechistar todas las cucharadas que la embutían, con un ruidito muy característico. En cuanto la mirada triunfante de quien le alimentaba la alcanzaba, se limitaba a vomitarle toda esa comida, metida a presión, encima de la ropa, sin hacer un mal gesto y con la cara triste, como pidiendo perdón.
Le gustaban los coches y las tribus nativas de Norteamérica, aficiones muy poco corrientes para una niña del Baby Boom. Llegó a tener un conocimiento fabuloso de ambos asuntos, llegando a manejar con mucha destreza los minicarts de la época y  sabiendo los más oscuros secretos de los sioux ogalalla, los arrapahoes y los pawnees, gracias a los libros que toda la familia le regalaba en cuanto había ocasión.
Siempre fue un poco a la chepa de su hermana, de pequeñas porque era lo que tocaba. También de adolescentes, hasta que la mayor empezó sus clases en la autoescuela en el barrio. Coincidiendo con lo peor de la depresión de M. Cecilia, más de una vez su hermana la subía al coche de prácticas, casi arrastrándola y ahí se quedaba mientras circulaban por Madrid durante horas. Después, unas cañas y la mayor se quedaba tan a gusto pensando en lo bien que le había venido semejante paseo…
En una de esas cañas le conoció, su mirada se encandiló desde el principio y no se fijó en ningún otro más. Tampoco se fijó -o no quiso verlo en aquellos primeros momentos- en algunos detalles que ya apuntaban sus muy malas maneras, como ese día en el que él intentó agredir a la mayor porque le recriminó sus intenciones de no permitirla ejercer el deber de presidir una mesa electoral. Él, un fascista declarado, muy bien ajustado ideológica y conductualmente a ese modelo de pensamiento, brillante socialmente hablando y siempre con impecable aspecto.
Con el paso del tiempo, M. Cecilia a veces se quejaba de lo cansada que estaba de vivir entre  dioses. Incluso llegó a tener una clave con su hermana, le llamaba por teléfono y decía ¿Nos damos una vueltita? Eso significaba que había habido bronca importante, porque no se arreglaba lo suficiente o no usaba la carísima ropa y los carísimos maquillajes que él le compraba, porque no llevaba el pelo de peluquería reciente o porque había intentado recuperar su vida intelectual. Por supuesto, en ese matrimonio su papel era el de estar en casa, porque no necesitaba ni trabajar ni cultivarse, él ganaba más que suficiente para ambos. Y encima sin haber estudiado en la Universidad, argumento que él escupía a menudo, riéndose en la cara de quienes no gozaban de su misma esplendorosa situación laboral.
Así iban pasando los años, con pequeños triunfos por parte de ella, como matricularse tras casi 30 años ausente de las aulas y sacar las mejores notas de su clase. En la última conversación que tuvieron las hermanas en sus paseos a solas, ella habló de su rabia porque le tocaba hacer las prácticas del curso, pero él la estaba disuadiendo de hacerlas. Claro, implicaba que saliera, conociera gente y se relacionara. Como siempre pasaba, eso ponía en peligro su autoproclamada divinidad respecto a ella. Ella no tenía amigas, siempre que salía lo hacía con él o con los parientes de su familia. Pero jamás salió con la pandi del colegio o de nuevas amigas, porque nunca las hizo.
En esto la enfermedad hizo su aparición.
Fue un mazazo saber que había muy pocas probabilidades de salir adelante. Y esto él lo aprovechó para un juego perverso, el de ir apartándola de su familia de origen, con la excusa de que podría perjudicarla en su situación de inmunodeficiencia (aunque no importaba que él o sus parientes fumaran y tosieran en su presencia) a la vez que le ponía de manifiesto que la estaban abandonando en esa situación tan crítica.
Desde amenazar con llamar a la seguridad del carísimo y limpísimo hospital dónde casi vivó los dos últimos años de su vida, para echar de la habitación cuando él se cansaba de verles, hasta tener que visitarla en el portal de su casa las temporadas que podía estar ahí, porque él le molestaba que subieran al piso. Tampoco eran infrecuentes las broncas con el equipo médico, que no actuaban como él quería, a pesar de que él pagaba la estancia.
Desde el aviso del equipo de enfermería de que cuando estaba él, ella empeoraba porque le recitaba machaconamente la malignidad de su enfermedad, hasta despreciar –con una violencia verbal y gestual exacerbada- los alimentos que la madre de María Cecilia -una pobre vieja asustada- le compraba, dejándose casi la pensión del mes: conforme los ponía en su mesa, él los tiraba de un manotazo diciendo que eran pura basura y que sólo comería lo que él compraba (casi todo comida preparada, por cierto). Por alguna razón, la inquina que él desarrolló contra esa vieja fue de tal magnitud que la impidió, con su actitud y sus malos modos, estar con su hija a lo largo de la enfermedad. Cuanto más empeoraba, menos espacio para su familia de origen. Algunos parientes buscaron estrategias de ardilla para poder pasar con ella más tiempo. Su madre y hermana lo intentaron, pero el odio de ese hombre contra ellas se hacía tan patente a los pocos minutos de estar juntos, que tenían que largarse antes de generar lo peor.
Hubo otros intentos de agresión contra la hermana, cuando M. Ceciia estaba en la UCI y manifestó su voluntad de ver a sus sobrinas, quienes se querían con locura… ¡Ah! Pero él sabía más que nadie y como total, matar a golpes a esa incómoda no le iba a costar más que 200 euros, podía impedir de esta manera que molestara a los médicos con semejante pretensión, la de gestionar la visita que M. Cecilia, muy enferma, estaba pidiendo. Aprovechó que la sala de espera estaba vacía para arrinconar a la hermana en una esquina, al grito de Te parto la cabeza, escoria, y por dos veces tuvo que ser sujetado por unos parientes que llegaban en ese momento; de hecho, uno de ellos se llevó el puñetazo que lanzó sin vacilar.
Si eso se lo hacía a la hermana, qué no habría hecho con ella durante los 30 años que estuvieron juntos…
Ella se ha llevado la respuesta al fondo del Mediterráneo, que es lo que quiso. Qué el Mare Nostrum le sea leve.
Te quiero mucho, mi pequeña.

Paloma Aulencia de Felipe

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