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martes, 16 de agosto de 2016

Alicia González Díaz


Mi nombre y apellidos: Alicia González Díaz. Nací el once de octubre de 1941 en Larache (Marruecos), ciudad donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Junto a mi familia, me trasladé en 1958 a Granada, donde resido. Estoy casada, tengo tres hijas y cuatro nietos. Mis lecturas favoritas son textos de autoras. Admiro el verso profundo de Gabriela Mistral y la prosa sencilla de Susana Tamaro. He publicado seis libros. En la actualidad trabajo en la corrección de mi última novela. (Nos decia en una publicacion en la página de Sergio Barce, enero 2013.

Traemos el texto publicado en la misma  página  y  fecha , escrito po Alicia

TRINA

En la cuadrada habitación de techo plano pintado de ocre y friso de vieja escayola, un gran ventanal con alféizar repleto de tiestos cuajados de geranios que abarcan todas las tonalidades de los violetas, desde el malva hasta el morado oscuro, deja entrar la sesgada luz solar y el sonido de las campanas de la cercana iglesia que con su alborotado repicar proyectan un regusto alegre, delicioso.

Junto a este ventanal, Trina se entrega con entusiasmo a escribir poesía tecleando en la vieja “UNDERWOOD” que hay sobre su mesa de trabajo. Escribe versos, y hasta cuando los está escribiendo piensa que son malos, sin valor. Pero, aún así, experimenta un hondo placer al escribirlos.

Trina siempre ha vivido una existencia un poco bohemia; un plano de vida absolutamente al margen de los convencionalismos y las responsabilidades y sin que el dinero resulte prioridad, vistiendo ropas sencillas y calzando gastadas sandalias pretorianas, viviendo en un barrio humilde, en un pisito de la calle Calderería, limpio y casi desnudo, rodeada de muebles deslucidos, de paredes adornadas con algunas láminas dibujadas a carboncillo, y de la fría soledad. Para Trina esta clase de vida es una especie de cuento de hadas que colma plenamente su espíritu.

Le es fácil ser feliz, en casi todo. Encuentra belleza en la luz, en el color de los lirios del valle, en todos los sonidos y ruidos, como los gritos de los vendedores ambulantes pregonando su mercancía en la calle, las voces de los niños besándose en el aire,  las notas arrancadas a un acordeón por un músico aficionado y en el olor a canela de la flor de las petunias.

Hace algún tiempo, Trina consideró la posibilidad de establecerse en otro sitio; sitio en el que había nacido y pasado su infancia. Esta idea se le había ocurrido de repente durante una noche de insomnio, pensando que en aquel lugar podría establecer fácilmente su identidad y gozar de la compañía de algunos parientes. Sería un intento arriesgado, pero resultaba agradable pensar sobre ello; era como soñar en desviarse de los caminos mil veces andados y liberarse de la rutina.



Portando una vieja maleta, un lunes por la mañana, muy temprano, salió de su casa en el arrabal y atravesando el centro de la ciudad se dirigió a la estación del ferrocarril. No había viajado desde que estuvo en el Este, aproximadamente quince años atrás, para visitar a la familia de una prima. Ahora, su viaje de poco más de trescientos kilómetros le daba una sensación de novedad al mismo tiempo que la trasportaba a un mundo de nostalgia.

Los largos raíles tendidos sobre la grava brillaban como plata bruñida en toda su extensión bajo las ruedas del tren. Trina, cansada de escuchar las vulgares frases de su compañero de viaje con las que pretendía fomentar una conversación, se abstrajo en la contemplación del paisaje otoñal a través de los cristales de la ventanilla del vagón.  Veía las tierras onduladas por el arado, pendientes cubiertas de trémula hierba y lirios abiertos, matojos, piedras, vetustas encinas endurecidas por su resistencia al tiempo y a los elementos; de vez en cuando, un pueblecito blanco andaluz extendido en la ladera aparecía y desaparecía en la lejanía. Bajo el cielo gris, las aves rezagadas en su viaje hacia África volaban a bastante altura en perfecta alineación en forma de “V”.

Esto de ir de aquí para allá lo enjuiciaba Trina, criatura acostumbrada a permanecer largo tiempo en un mismo lugar, como algo desorbitadamente importante y desordenado. Por eso, la inquietud invadía su cabeza y su corazón por partes iguales cuando, silbando, la locomotora atravesó con estrépito los aledaños de la estación término y, entre rítmicos jadeos, se paró junto al andén.  

Trina bajó del vagón y se quedó unos instantes observando a los demás pasajeros que habían viajado en el mismo tren, marchando deprisa hacia la puerta de salida cargando sus pesados equipajes. El efecto fue extraño, experimentando una sensación de desencanto. Se sentía cohibida y tímida, sola entre el gentío, en un lugar donde había vivido durante años y del que guardaba un vago recuerdo, mas hacía tanto tiempo que no había estado allí que aquella estación le parecía algo ajeno a su vida. No sabía la razón, pero algún sentimiento escondido en su interior despertaba en su alma cierta congoja, una chispa de desazón.  

En medio de la pequeña muchedumbre que invadía el andén y de la niebla que le envolvía el ánimo, una indecisión interna la mantenía quieta junto al tren que antes de una hora partiría hacia el Sur, pensando que podría muy bien sacar billete y volverse a Granada. Sintió la imperiosa necesidad de hacerlo. ¡De acuerdo! –se dijo para sus adentros– y siguiendo aquel ardiente impulso suyo automáticamente subió a uno de los vagones, sin olvidar su maleta. Dos horas más tarde emprendía el regreso hacia su lugar de partida.

Sentada de nuevo junto a la ventanilla, viendo la parte del paisaje que pasaba delante de sus ojos un instante y luego se perdía hacia la lejanía, Trina encontró la respuesta concreta y concluyente al interrogante íntimo del motivo de su súbita decisión de regresar: en realidad, dondequiera que uno estuviese, las cosas importantes de la vida eran escasas y los años terminaban por borrar todo…, palabras, recuerdos, afectos y vínculos familiares. A ella no se le ocurrían más razonamientos persuasivos.  

Fue anocheciendo insensiblemente, el sol se había puesto y las sombras se instalaban tímidamente sobre aquella parte de la tierra. El viaje tocaba ya a su fin. Trina llegó a su destino, del que había partido aquella misma mañana, y el último resplandor del día, le causó el efecto de un umbral que abriera paso a todas las esperanzas. El mañana era nuevo y el corazón dispuesto siempre a latir con ímpetu. Trina estaba convencida de haber hecho lo correcto.    


De nuevo tenemos a Trina instalada en el pisito del arrabal. Es feliz…, ¡ah, sí, ahora se siente capaz de aceptar cualquier reto! Ha vuelto a colocar tiestos en el alféizar de la ventana y a plasmar versos tecleando con sus hábiles dedos en la anticuada máquina de escribir. Improvisa con mucha facilidad y en los endecasílabos de sus sonetos, llenos de sensibilidad y refinamiento, no hay ese trasfondo donde se adivinan las frustraciones y el grito de dolor de un alma que no ha podido olvidar.

Pero Trina no sólo escribe versos. Sus relatos, cálidos y sencillos, señoreados intelectualmente por la influencia de alguna escritora célebre, ponen de manifiesto una inteligencia superior y, sobre todo, una ternura susurrante y generosa. Sus personajes, extraídos de la realidad, son gente del pueblo, el verdadero pueblo humilde y trabajador con sus vicisitudes y miserias y que ella reconoce en el tendero de ultramarinos que hay en su calle, en la mujeruca que va de aquí para allá ofreciendo limones y perejil a los transeúntes mientras lleva “en jarras” sobre su cadera al chiquillo desarrapado y mocoso, en los hombres que para el bien de la comunidad tienen que desempeñar tareas ingratas, en el estudiante, en la tullida que al andar parece tener los pies de plomo y que enseña en una escuela nociones elementales a un montón de niños, en el cobrador de recibos, en el vendedor de lotería, en la pantalonera que tiene su humilde taller en un pequeño y umbrío local y que es ayudada en el oficio por su madre octogenaria, en el cartero que reparte la correspondencia entre los vecinos, en el sacerdote que junto al altar con olor a flores toma cada día el pan y el vino en la misa.

Trina observa a estos tipos, los examina, reflexiona sobre ellos, aprende su lenguaje, las palabras malsonantes, las cancioncillas, las maldiciones y, también, las oraciones de esta gente de la que ella nutre de personajes sus relatos; relatos plenos de alegría burlona, de hechizo, de fábulas y sueños en un mundo feliz y fantástico donde viven criaturas a las que Trina contempla desde el misterio de su mundo interior.

Entabla conocimiento con escritoras jóvenes; de esas que “prometen”.  Algunas con ciertas ideas revoltosas en contraste con las de Trina, pero con una común inquietud: escribir. Un día, una muchachita, tímida y respetuosa, la obsequia con un libro que había escrito y después editado con medios económicos propios. “¿Para mí?” Al leer la dedicatoria Trina no tiene más remedio que emocionarse: “A mi maestra, que llevada de la generosidad de su talento me ha enseñado todo lo que sé como novicia en el arte de escribir”.

“Mi siembra”, era el título de aquel librito al que Trina definió después de leerlo por primera vez como “narraciones tejidas con susurrante sensibilidad y dulzor de ternura”. Desde entonces lo ha conservado como algo muy valioso guardado en el cajón de su mesita de noche y, al releerlo a la luz de la lamparilla, ha encontrado siempre en él a un buen amigo que le ha llevado bellas visiones y consuelo en las horas en que el sueño se empeña en no llegar.

Impulsada por la certidumbre de la vocación de la muchacha, Trina quiso proteger a la escritora novel e intentó ayudarla de un modo eficaz e inteligente: “Sé constante. Escribe al menos una hora diaria. No dejes de hacer muchas lecturas. Alterna estas disciplinas con el cultivo de la armonía, el equilibrio y el criterio propio. Te recuerdo que para escribir prosa o poesía resultan más eficaces que mil lecciones de literatura las cosas aprendidas de la rutina cotidiana llena de lecciones sagaces y donde podrás encontrar las distintas caretas de tus personajes; la observación de la naturaleza en sus infinitas variaciones te permitirán descubrir la belleza de las noches de verano y los diferentes pequeños rumores de la vida estival; ver el vuelo de la golondrina presagiando la llegada de la primavera; la delicadeza del cáliz de una flor inundado por una gota de rocío; y hasta el mar, con su misterio, tendrá para ti secretas confidencias… Todas estas imágenes recogidas por tus sentidos te ayudarán a escribir”.

Acaso el más ferviente deseo de Trina haya sido el de que aquella muchacha  hubiera llegado a cumplir sus sueños de juventud, volcando sobre cuartillas en blanco, con gracia y poesía, la visión de las cosas y toda la fuerza de su propio ser, de su alma singular. No fue así. Lo que anhelaba entonces no lo consiguió. Un día conoció el amor, y con él su séquito de dolores y alegrías; el cariño incomparable hacia los hijos ocupó todo su corazón; los deberes de su vida real, todo su tiempo. Nunca más visitó a Trina. Fue el destino, que todo lo quita y lo pone, quien desgraciadamente le prohibió volver a escribir.



Cuando Trina se asoma a la magia engañosa y profunda de un espejo y contempla su imagen poco halagüeña reflejada en la superficie de cristal, siente cierta desilusión personal. Se puede decir realmente que esa imagen es de una mujer que no es ni bonita ni fea; ni joven ni vieja, aunque hace tiempo transmontó el medio siglo de vida. Su figura es de pequeña estatura, la cabeza más bien grande, algo cortas las extremidades y constitución fuerte y regordeta. Su cara de luna llena, el perfil un poco chato y la boca ancha de labios finos, no es el tipo de belleza que nos han enseñado a admirar, pero su rostro tiene cierto encanto.  Son sus jaspeados ojos los que parecen atraer con su mirada y contrastan con sus cabellos cortos, lacios y oscuros, estriados de gris; esta imagen inmóvil, en pose para ser retratada, cuelga dentro de un marco en una de las paredes de la habitación donde ella teclea en la máquina de escribir.              

¿Cómo es Trina en su interior? Su alma, honda y limpia, armoniosa, posee la medieval alquimia de transformar en encantamiento y fascinación todo lo vulgar y lo aprehensible. En el fondo Trina no es romántica porque conoce la vida a través de muchas pruebas crueles. En su laberinto interior, en momentos de pugna entre la esperanza y el desespero, a veces se siente sola, perdida, como olvidada del mundo, y es siempre la lectura de un libro quien la consuela.  

¿Amores? Uno que dejó huella en el corazón de Trina. Amor juvenil: sueños que iluminan la vida de una mujer, murmullo de palabras que la timidez impide pronunciar, rápidos latidos del corazón, el halago del obsequio de una rosa o de una humilde margarita, el paseo bajo las estrellas que encienden el firmamento y protegen a los enamorados, manos entrelazadas sintiendo el tibio cosquilleo de los dedos del otro en la palma, el rugido de la sangre ante el primer beso…  La inesperada ruptura planteada por él, causó en Trina una larga desorientación aunque ha conservando a través de los años la fotografía del amado entre los recuerdos más importantes de su vida.

Trina está convencida de que ella es de esa clase de gente incapaz de sentirse contenta; una mujer enteramente egoísta que alberga ideas muy suyas sobre los principios liberales que gobiernan su vida, en la que muchas son las cuestiones importantes ante las que se muestra indiferente y sarcástica, mas una vez decidida a seguir un camino, resulta inútil querer disuadirla. Cuando menos, se dice, sus decisiones son suyas. Tal vez resentida por el desengaño que sufrió, todo lo que entraña sexo o, incluso, los dolores del parto, son como una especie de servidumbre que la mujer tiene que aceptar.  

Un día, hace muchos años, Trina mete cuidadosamente en un sobre unos manuscritos con un compendio de sus relatos y poemas, va a Correos y certifica el envío. Adjunta va una carta dirigida a un escritor de cierta fama, profesor en la Universidad. En ella le ruega tenga a bien leer sus trabajos y, después, dar su veredicto. El hombre sí contestó, al cabo de dos meses y con una amarga crítica condenatoria: los relatos resultan tímidos y pueriles; los poemas, desalentadoramente incultos. Lectura oportuna sólo para mujeres. Al mismo tiempo le brinda con indiscutible malicia un consejo: “No persiga una quimera inútil, dedique sus horas a labores de zurcido y a trabajar entre fogones y pucheros, deberes propios de una fémina, deje las inquietudes intelectuales para los hombres. Una mujer con ideas propias equivale a un montón de despropósitos. De esto no hay duda alguna.”

Ante esta condena, Trina llora; de rabia, de humillación. Se siente herida y al mismo tiempo conmovida por todas las mujeres y en vez de encerrarse en un mundo de silencio y de resignación, decide continuar escribiendo incesante e intensamente como medio para luchar contra las injustas marginaciones.

       

Los días son casi siempre grises en el frío mañanero del otoño y del invierno. Trina continua escribiendo delante de la ventana. Lo hace con entusiasmo porque piensa que tiene un argumento interesante para su nuevo relato.  La vida está llena de alicientes. Vale la pena seguir aquí, en este mundo. El mañana está muy lejos, no tiene que preocuparse. Repentinamente, le asalta con fuerza el pensamiento de que se está volviendo un poco infantil y que la gente empieza a seguirle la corriente. No puede quedarse holgazaneando cuando todavía le queda tanto por hacer… Entonces, mentalmente echa una ojeada a todo cuanto le ha acontecido a ella misma y a todo lo que ha sucedido a su alrededor. Con la sensación del que está convencido de que el tiempo se aleja para siempre, sin perder un instante se pone a trabajar, tecleando con frenesí en su máquina de escribir, envuelta en un torbellino de ideas y de conceptos, hablando para sí misma en un murmullo bajo, entrecortado y abstraído, narrando lo que va escribiendo. De vez en cuando exhala un suspiro profundo y plañidero, que significa que está algo cansada.

 El otoño y el invierno en algunos aspectos son unas estaciones tan deseables, pero tienen sus desventajas. ¡Hace tanto frío para un viejo!

                                      Alicia González Díaz –  Granada, 1984



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