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sábado, 21 de noviembre de 2020

Matilde Brandau abogada y defensora de los derechos de las mujeres


 Matilde Brandau (Los Ángeles, c. 1879-1948)  siguió los pasos de su homónima Throup en la Facultad de Derecho, siendo la quinta chilena en ingresar. Sin embargo, el ejercicio profesional era un camino difícil de seguir. Así lo demostraba la obstaculizada carrera judicial de su antecesora Matilde Throup (1876-1922). Este caso marcó el debate respecto de si las mujeres podían o no –más allá del ejercicio de la abogacía– ser miembros del Poder Judicial. Ellas, por su condición legal, estaban excluidas del ejercicio de cargos públicos. La discusión jurídica llegó hasta la Corte Suprema que en 1893 dictaminó que constitucionalmente, no obstante su sexo, tenía derecho como todo habitante de la república a ser admitida en el desempeño de cargos públicos si re unía las condiciones exigidas por la ley para ello, esto es, ser abogado. 

Matilde Brandau se dio a conocer en el ámbito intelectual desde donde abogó por la igualdad femenina y fue el piso de su posterior carrera como agente del gobierno en la enseñanza secundaria. Fue una de las primeras ateneístas y en ese círculo eminentemente masculino, que tenía por objetivo el cultivo de las ciencias y de las bellas artes como era El Ateneo, expuso su conferencia sobre los derechos civiles de la mujer. Ésta evidenció la preparación intelectual de su autora, a la vez que le permitió entrar por esta vía en la discusión científica de temas que ocupaban la atención pública. En sus Memorias literarias, Samuel Lillo recordaba que el primer paso en la tribuna intelectual dado por Matilde Brandau captó la atención y estima del público comprobando que también en Chile “una dama ilustrada podía, en completa igualdad con los más distinguidos profesionales, tratar, a fondo y con eficiencia, cualquier tema literario o científico.
Matilde Brandau era una hija del desarrollo de la educación femenina y su vida profesional la destinó a su promoción. Desde 1905, se dedicó a la enseñanza femenina iniciando su carrera en el liceo de niñas de Linares del cual fue su primera directora. A los dos años, por comisión del gobierno, viajó a España a estudiar los liceos de niñas en Europa junto con su esposo el periodista José Luis Ross Mujica. Mientras éste ejercía de cónsul de Chile en ese país, el matrimonio –celebrado en 1907 en Puerto Montt– fue prematuramente concluido al año siguiente por la muerte de él debido a una operación de apendicitis. De vuelta en Chile en 1908, fue nombrada directora del liceo de Constitución, donde trabajó por cinco años, para luego trasladarse a la dirección del liceo de Iquique desde 1915. Una segunda misión del gobierno la llevó por segunda vez a Europa en 1927, con el fin de estudiar la organización de los establecimientos docentes femeninos. Durante su estadía acudió a la Sorbonne donde siguió el curso de Civilización Francesa y aprovechó de visitar establecimientos educacionales en dicho país, Bélgica, Suiza e Italia. A su regreso al país fue nombrada directora del liceo Nº 2 de Valparaíso que hoy lleva su nombre. Paralelamente a la dirección docente, llevó adelante una labor de extensión cultural a través de la prensa nacional y asociaciones como el Centro Literario que llevaba su nombre, la Biblioteca Francesa y la Universidad Popular de Iquique, y de acción social a través de la Sociedad Protectora de Estudiantes Pobres, Colonias Escolares y el Patronato de la Infancia de Iquique. Formó parte del círculo de escritoras chilenas no en un sentido estricto –no publicó novelas ni poesía, ni memorias ni diario– pero sí como intelectual a través de sus ensayos y artículos. De su breve matrimonio y estadía en España, heredó la estrecha amistad que su esposo había tenido con Miguel de Unamuno a través de un intercambio epistolar que se extendió desde su muerte hasta el exilio del otrora rector de la Universidad de Salamanca bajo la dictadura española. Tenían en  común la labor intelectual realizada por José L. Ross como parte de un círculo que denunciaba la postración intelectual de la oligarquía chilena aplastada –como resumió Miguel de Unamuno– por “unos cuantos niños ricos y de familias poderosas”. Las ideas de Matilde participaban de la percepción que ambos hombres tenían de la sociedad chilena de principios del siglo XX y que jóvenes escritores como José L. Ross expresaban como un Chile nuevo que se estaba formando debajo del Chile que Miguel  de Unamuno calificó de “viejo, oligárquico, acompasado, rutinario e historicista”. Sus ideas de reforma representaban las aspiraciones de una creciente clase media que desde la perspectiva de formar ese nuevo Chile, Matilde entendió como educación femenina. Sus ideas respecto a la promoción social de la mujer le valieron una destacada participación en la prensa santiaguina entre 1901 y 1904 y luego en los diarios de Linares hasta 1907 y de Iquique en 192337. La síntesis de su labor, la expresa en su ensayo titulado “La instrucción de la mujer en Chile”, concluyendo que “la mujer chilena sabe de labores intelectuales y artísticas en forma que la enaltece grandemente”. Publicado por la revista España y Chile en 1926, en éste hace un recorrido histórico desde el decreto de Amunátegui, héroe a su juicio del desarrollo de la educación femenina en el país. La “causa de la mujer” era para ella un problema fundamental que el Ministro había defendido en las sesiones legislativas iniciando la tarea de igualar su instrucción a la de los hombres. El decreto de 1877 había sido la respuesta al reclamo que hacía parte de la sociedad ante la necesidad de extender la educación secundaria y superior a las mujeres. Cinco décadas más tarde, existían cincuenta liceos de niñas y el número de alumnas igualaba al de los liceos de hombres. Desde 1912 el plan de estudios era el mismo para ambos casos. Los resultados de dicho esfuerzo estaban a la vista. En 1926, contabilizó mil ochenta y ocho profesionales entre las que hacía mención a las más destacadas. Paralelamente, se habían fundado escuelas industriales para las obreras y organizaciones de mujeres –como el Círculo de Lectura y el Club de Señoras creados en 1915– y el Centro Femenino de Estudios y el Consejo Nacional de Mujeres en 1919 que tanto haría por la igualdad de derechos. La promoción de la mujer fue la labor por la que ella trabajó superando momentos de desánimo, como escribiera a Miguel de Unamuno “de su eterna pena y de que su vida es un fracaso”, y sintiéndose apoyada hasta su muerte en 1948 por la cercanía de Gabriela Mistral. En una carta al presidente Arturo Alessandri Palma por medio de El Mercurio en la cual solicitaba a su favor una pensión vitalicia, expresó la trascendencia de la poetisa.



La denuncia jurídica de Matilde Brandau
“La mujer no es la esclava del hombre”, denunció Matilde Brandau en su obra. Los derechos civiles le correspondían a ella por naturaleza, por lo mismo, eran in discutibles. La evidencia de esta premisa le hizo plantear la pregunta fun damental por el origen de la desigualdad entre los sexos en la hu manidad. Había sido la formación e institucionalización de la familia en el paso de las comunidades primitivas a las sociedades de Grecia y Roma la que había alterado el estatus de la mujer. Durante la llamada era patriarcal, ella dejó de ser un objeto de propiedad común dentro de la comunidad a pertenecer a la institución del matrimonio sometida en forma absoluta a la autoridad del marido. Con la formación del Estado, éste surgió como un poder que contrarrestó la po testad marital estableciendo limitaciones a sus prerrogativas que protegieron tanto a la persona como a los bienes de la esposa. La expansión del cristianismo produjo transformaciones en la concepción del Derecho introduciendo el sentido de reci procidad dentro de la familia. El padre debía cuidado y protección y a cambio los hijos le debían obediencia y respeto. En adelante, el vínculo conyugal se entendió como la unión de dos seres iguales en derechos y obligaciones y el matrimonio adquirió su carácter indisoluble. La legislación romano-cristiana consideró ilícito el maltrato conyugal, estableció el principio de la fidelidad recíproca y reguló la responsabilidad del marido en la administración de los bienes de la mujer. Esta será la base de las legislaciones occidentales modernas. La desigualdad entre los sexos se ha fundamentado en razones de orden natural como la inferioridad física y moral, a la vez que en fundamentos políticos y sociales. ¿Debía la mujer gozar de la misma capacidad civil que el hombre? Ésta es la pregunta que atraviesa el estudio jurídico comparado que a continuación realiza la autora a través del análisis de los sistemas jurídicos de Francia, Inglaterra, España y Alemania, así como de Argentina dentro de América Latina. Y en respuesta demuestra cómo la igualdad civil de los sexos no ha sido un principio indiscutible. Ella ha estado destinada a “vivir recluida en el hogar” o, bien, en el caso de la mayoría de las legislaciones actuales, “teniendo en principio los mismos derechos que el hombre se la ha impedido de ejercerlos en razón de que es peligroso para la
sociedad”20. Para la autora, era el hombre el que le ha negado la plena capacidad jurídica que le correspondía y, desde el punto de vista de la familia, el verdadero peligro estaría precisamente en la situación contraria, en que la mujer careciera de derechos. La mayoría de las legislaciones admitía la limitación de la capacidad civil de la mujer al contraer matrimonio. Dos eran los elementos comunes fundamentales: el régimen de bienes en el matrimonio y la potestad marital. Es decir, era por el hecho de entrar a formar parte de una sociedad que debía sumisión y obediencia al jefe de ella: el marido. La Revolución Francesa había igualado la condición civil entre los sexos, pero la esposa la perdía pasando sus bienes y su persona a po der del marido. Sólo en Inglaterra las reformas introducidas desde 1870 habían mo dificado las inhabilidades de la esposa y la ley de 1882 le había otorgado una in dependencia casi absoluta. Era en España donde la ley, por primera vez, hacía entrar a la madre en la familia permitiéndole ejercer la patria potestad sobre los hijos en defecto del padre y “la restablece en los derechos imprescriptibles que tenía por la naturaleza”21. Pero era el Código Civil alemán que comenzaría a regir en 1900 el sistema jurídico que concedía mayores prerrogativas a la mujer. A los veintiún años era plenamente capaz sin limitación alguna y al contraer matrimonio la legislación aseguraba la independencia de la esposa y le confería a la madre una verdadera patria potestad. En ese contexto comparativo, se hacía indispensable introducir tres reformas fundamentales en la legislación chilena, porque el fundamento para limitar la capacidad civil de la mujer ha sido “única y exclusivamente” –expresaba Matilde Brandau– en razón de la autoridad marital. En primer lugar, que se le concediese, siendo mayor de edad, el pleno y absoluto ejercicio de todos sus derechos civiles, derogando la prohibición de ser testigo en un testamento solemne y de ser tutora o curadora. Ambas prohibiciones estaban en contradicción con el hecho que ella pudiera declarar ante los tribunales en materia civil o criminal y con las excepciones que la misma ley admitía respecto de la madre, a la esposa y a la abuela. En segundo lugar, debía reconocerse la capacidad civil de la esposa porque no existía inconveniente razonable que la impidiera. Tercero, había que conferir a la madre la patria potestad sobre sus hijos. La urgencia de igualar civilmente a la mujer, era una demanda que ad portas del siglo XX ya no podía des conocerse.

La educación de la mujer
La trayectoria de Matilde Brandau fue testigo de sus convicciones intelectuales: la igualdad de los derechos civiles no se lograría sin la promoción de la educación femenina. Sería desde el campo de la educación desde donde la igualdad entre los sexos comenzaría a hacerse efectiva, si bien pasaría mucho tiempo para que fuese formalizada. Ella se acercó a lo que en una carta a su joven amiga Gabriela Mistral llamó la “pequeña pero maravillosa constelación de mujeres geniales” al felicitarla por el Premio Nobel de Literatura que obtuviera en 194522. En Chile, ella contribuyó a crear ese espacio desde que fuera la segunda mujer licenciada en Leyes en el año 1898 y tras décadas de trabajo docente por la instrucción femenina. Nacida en la ciudad de Los Ángeles, la hija de Valentín Brandau Lapp y Emilia Galindo ingresó a la Facultad de Leyes de la Universidad de Chile en 1893, tras obtener el grado de Bachiller en Filosofía y Humanidades, siguiendo los pasos de su único hermano el jurisconsulto Valentín Brandau (1866-1960). En ese momento, todavía estaba candente la controversia pública por el acceso de las mujeres a la educación superior, debate que se prolongaba con la participación de ellas en los círculos profesionales, especialmente intelectuales. Casi medio siglo después de la fundación del sistema de instrucción pública en 1860 –que estableció la creación de una escuela primaria gratuita de niños y otra de niñas en aquellos poblados con más de dos mil habitantes– y una década más tarde de la creación del primer liceo femenino, muy pocas –entre ellas Matilde Brandau– accedieron a la educación superior. La discusión sobre los derechos de la mujer obtuvo a favor de ellas el llamado decreto Amunátegui, entonces ministro de Educación, que les abrió las puertas de la universidad. El sistema de instrucción pública había impulsado la educación femenina. La Ley de Instrucción Primaria de 1860 impuso una inclusión progresiva de las mujeres a las aulas que significó que para fines de siglo la tasa de escolarización femenina prácticamente había alcanzado a la masculina. Si en 1865 asistían ciento dieciséis niños y sólo treinta y dos niñas cada mil habitantes a la escuela, para 1885 los primeros ascendían a ciento diecinueve y las segundas a ciento nueve. La educación secundaria llegó más tarde, aunque se encontró con una demanda explosiva. Hasta la creación del primer liceo fiscal femenino en 1891, la oferta correspondió a los liceos privados o particulares subvencionados creados gracias al decreto de 1877 ese mismo año en Copiapó, luego en Valparaíso y Concepción en 1884 y en Santiago al año siguiente25. Con mayor fuerza en los primeros años del siglo XX , el Estado emprendió la fundación de liceos fiscales femeninos a lo largo de todo el país, significando en la práctica el aumento de una matrícula en el ámbito nacional de ciento diez alumnas en 1895 a catorce mil seiscientos veintiocho quince años más tarde, sin considerar la matrícula de los liceos particulares y subvencionados. En la escuela primaria, niños y niñas aprendían a leer, escribir y contar; en la secundaria, el currículum entre ambos se diferenciaba y las segundas debían concentrarse en aprender a ser mejores madres y esposas. En la década de 1910, los programas de estudio se fueron democratizando. Las mujeres pudieron rendir el bachillerato al mismo tiempo que acceder a una educación práctica que les permitiera ejercer un oficio. Sin embargo, el vínculo entre el liceo y la universidad era frágil. Las mujeres que se preparaban para la docencia en las escuelas normales y aquéllas que seguían una enseñanza técnica en escuelas especializadas sumaban más de mil, pero a la educación universitaria, sólo habían ingresado cinco antes de que terminase el siglo XIX . La progresiva educación femenina era una experiencia inédita y muchas fueron conscientes de su posición privilegiada.

https://es.wikipedia.org/wiki/Matilde_Brandau
http://biblioteca.cchc.cl/datafiles/25676-2.pdf
http://www.humanas.cl/wp-content/uploads/2014/publicaciones/10%20algunas%20otras%202010.pdf

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HH

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