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lunes, 13 de enero de 2014

Salomé Ureña poeta y pedagoga de República Dominicana


SALOMÉ UREÑA DE HENRÍQUEZ  (1850 – 1897) 


Nació  el 21 de octubre de 1850 en Santo Domingo. Fue poeta y pedagoga. Todavía se le considera como la figura central de la poesía lírica dominicana de mediados del siglo XIX y también innovadora de la educación femenina en su país.



Fue hija del también escritor y preceptor Nicolás Ureña de Mendoza. Sus primeras lecciones las tomó de su madre Gregoria Díaz. Más tarde su padre la llevó de la mano en la lectura de los clásicos, tanto españoles como franceses. Debido a ello, la joven Salomé alcanzó una educación y formación intelectual y literaria que ayudaría a codearse con el mundo literario de su país a los quince años.



A los 20 años casó con Don Francisco Henríquez y Carvajal. Tuvo tres hijos: Francisco, Pedro, Max y  una hija, nuestra admirada Camila Henríquez Ureña. Tambien su  tercer hijo, Max, llegaría a ser una de las lumbreras humanísticas más destacadas de la América Hispana en el siglo XX.


En 1881 instituyó en la Isla el primer centro femenino de enseñanza superior, nombrado Instituto de Señoritas. A los cinco años de su iniciación, se diplomaron las primeras seis maestras normales.


Publicó sus primeros poemas a la edad de 17 años. Su estilo nítido y espontáneo se manifiesta muchas veces lleno de ternura, como ocurre en El Ave y el Nido, en otras se vuelve trágico, como En horas de angustia y otras veces su verso se torna viril y patriótico como en A la Patria y en Ruinas. La poetisa cantó a su patria, a su panorama hermoso, a sus hijos, a su esposo, a las flores, a la isla misma, como ocurre en La llegada del invierno.

Murió relativamente joven a la edad de 47 años, el 6 de marzo de 1897 debido a la tuberculosis.





Aquí, a la sombra tranquila y pura

con que nos brinda grato el hogar,

oye el acento de la ternura

que en tus oídos blanda murmura

la dulce nota de mi cantar.



La voz escucha del pecho amante

que hoy te consagra su inspiración,

a ti que aun eres tierna, incesante,

de amor sublime, de fe constante,

raudal que aliento da al corazón.



Mi voz escucha: la lira un día

un canto alzarte quiso feliz,

y en el idioma de la armonía

débil el numen ¡oh, madre mía!

no hallo un acento digno de ti.



¿Cómo tu afecto cantar al mundo,

grande, infinito, cual en sí es?

Me basta si te miro,

si la dicha y el bien sueño a tu lado,

porque tu vista calma

los agudos tormentos de mi alma.



¡Ay! Que sin ti, bien mío,

mi espíritu cansado languidece

cual planta sin rocío,

y con sombras mi frente se oscurece,

y entre congoja tanta

mi corazón herido se quebranta.



Oye mi ardiente ruego,

oye las quejas de mi angustia suma,

y generoso luego

olvida que la pena que me abruma

te reveló mi acento

en horas ¡ay! de sin igual tormento.



Escúchame y perdona:

que ya mi labio enmudeciendo calla,

y el alma se abandona

con nuevo ardor a su febril batalla,

y débil mi suspiro

se pierde de las auras en el giro.



¿Cómo pintarte mi amor profundo?

Empeño inútil, sueño infecundo

que en desaliento murió después.



De entonces, madre, buscando en prenda,

con las miradas al porvenir,

voy en mi vida, voy en mi senda,

de mis amores íntima ofrenda

Que a tu cariño pueda rendir.



Yo mis cantares lancé a los vientos,

yo di a las brisas mi inspiración;

tu amor grandeza dio a mis acentos:

fine fueron tuyos mis pensamientos

en esos himnos del corazón.



Notas dispersas que en libres vuelos

y a merced fueron del huracán,

pero llevando con mis anhelos

los mil suspiros, los mil desvelos

con que a la Patria paga mi afán.



Hoy que reunirlas plugo al destino,

quiero que abrigo y amor les des:

esa es la prenda que en mi camino

al soplo arranco del torbellino,

y a colocarla vengo a tus pies.



                        ...




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HH

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