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viernes, 31 de marzo de 2017

Eufrosina Cruz Mendoza diputada indígena zapoteca


Eufrosina Cruz Mendoza (1 de enero de 1979 Santa María Quiegolani, México)  La trayectoria de esta mujer indígena zapoteca, licenciada en contaduría pública, pone en alto la lucha de las mujeres indígenas que reclaman el derecho a participar en la vida política. Fue electa diputada local plurinominal en el Congreso de Oaxaca para el periodo 2010­ 2013. Como presidenta de la Mesa Directiva puso su mayor esfuerzo para que las mujeres no sean discriminadas por su sexo, sino apreciadas como fuerza económica, política y social en todo México. 

En 2008 ganó la presidencia municipal bajo el régimen de usos y costumbres en Santa María Quiegolani, pero le negaron el ejercicio del derecho a gober nar su municipio natal por ser mujer. Un año más tarde fundó la asociación civil Quiego, A.C., desde donde trabaja por la equidad de género a favor de las comunidades indígenas de Oaxaca. Sus logros han sido varios y se han visto coronados con diversos reconocimientos. Fue galardona como una de las cincuenta líderes mexicanas, obtuvo el Premio Nacional de la Juventud, y España la distinguió como una de las mujeres líderes de América Latina. 


Eufrosina Cruz Mendoza (Santa María Quiegolani, Oaxaca, 1979). Es una activista política mexicana, que ha destacado por luchar por los derechos políticos de las mujeres en los municipios indígenas de su estado, cobró notoriedad al triunfar en la elección a presidenta municipal de Santa María Quiegolani en 2007 y serle anulado su triunfo por estipular las leyes tradicionales que las mujeres no podían ser electas al cargo. Electa diputada local en 2010, es desde el 13 de noviembre del mismo año, Presidenta del Congreso de Oaxaca.
Eufrosina Cruz nació en la comunidad de Santa María Quiegolani, en una familia zapoteca, inicialmente solo hablaba su idioma materno, aprendiendo idioma español a la edad de 12 años, buscando continuar con sus estudios se trasladó a la capital del estado, Oaxaca de Juárez, donde logró culminar la licenciatura en Contaduría Pública y desempeñar su carrera profesional durante un tiempo


En 2007 cobró notoriedad nacional y luego internacional cuando contrariando los denominados usos y costumbres —leyes municipales que determinan el sistema de elección de los ayuntamientos a las tradiciones locales, dejando fuera a los partidos políticos— que restringían el derecho a votar y ser votado a los varones, se postuló como candidata a la Presidencia Municipal de Santa María Quiegolani, en las elecciones realizadas el 4 de noviembre del mismo año resultó triunfadora, pero la Asamblea Municipal, integrada únicamente por hombres, declaró nulos sus votos por no tener derecho a ser candidata, otorgando el triunfo en la elección a Eloy Mendoza Martínez. Ante ello, Eufrosina Cruz inició una serie de protestas ante las instancias locales y nacionales, para lograr que se modifiquen las leyes de usos y costumbres y se les reconozca la totalidad de sus derechos políticos a las mujeres,1 2 llevando sus protestas y posteriormente actividades tendientes a la modificación de los leyes por diversas partes del país y del mundo.

En 2010 fue postulada como candidata a diputada local por representación proporcional por el Partido Acción Nacional en el contexto de la coalición Unidos por la Paz y el Progreso que junto con el PRD, el PT y Convergencia postulaba a Gabino Cué Monteagudo a la gubernatura del estado, resultó electa. El 13 de noviembre de 2010 se instaló formalmente al LXI Legislatura del Congreso de Oaxaca, la primera en la historia moderna del estado en que no tendría mayoría absoluta el Partido Revolucionario Institucional,4 siendo electa Presidenta del Congreso, y convirtiéndose en la primera mujer indígena en presidir el Congreso del Estado.

El 14 de diciembre del mismo año fue designada como coordinadora de Asuntos Indígenas del Comité Ejecutivo Nacional del PAN.





 Traemos uno de sus textos :

De barro somos y en el camino andamos

Según creían los antiguos mexicanos, el mundo estaba hecho de barro; de la misma arcilla habían sido creados y en el mismo fuego se habían cocido los hombres y las mujeres. “Ser uno y ser el mismo”, tal era el principio de tan profunda concepción filosófica acerca de la humanidad.

Allá en mi tierra natal, en Oaxaca, los pueblos del maíz, los zapotecos y los mixtecos, decían que de la mazorca se habían desgranado los primeros hombres y mujeres que vinieron a poblar estas tierras. En su cosmogonía estaban separados el cielo y la tierra, el bien y el mal, el nacimiento y la muerte, pero no el hombre y la mujer.

Con tal sabiduría borraron fronteras entre la parte femenina y la parte masculina de su cultura. Los dioses de entonces miraron complacidos y satisfechos su obra: nacieron juntos y caminaron juntos, uno al lado del otro, el hombre y la mujer. Y los ojos del hombre vieron en la mujer un soplo de divinidad y la convirtieron en objeto de culto y adoración. Por cientos de años la mujer fue llamada “madre tierra” y se volvió el símbolo de la vida.

Hoy, muchos siglos más tarde, las fronteras han vuelto a poblar la tierra: los hombres han sido separados de las mujeres y el ancestral pensamiento de nuestros pueblos originarios ha dejado de ser la norma en nuestra sociedad contemporánea. La mujer actual vive entre sombras y cicatrices. La pobreza, la violencia, la marginación y el miedo son ahora los símbolos de la desigualdad y de la separación entre los mundos masculino y femenino. 

En cierto modo, resulta paradójico que casi todos los valores que nutren nuestra sociedad contemporánea estén inspirados en la mujer: la vida, la libertad, la democracia, la justicia y la equidad aparecen por todos lados como estatuas de bronce o mármol, en efigies labradas en cantera y en lienzos pintados de óleo o acuarela para rendir culto a las mujeres y utilizarlas como emblema. Pero todos esos símbolos representan apenas el comienzo de la lucha y el reconocimiento que nos han costado muchos años de perseverancia. 

Tras el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, México ha reconocido muchos derechos de primera, segunda y hasta tercera generación a las mujeres. Sin embargo, la realidad sigue nublando el panorama de la ley. Tal andamiaje legal no ha servido para frenar los actos de violencia y la exclusión en contra de las mujeres, sin importar raza, edad, condición social, lengua, ideología o religión. La Organización de las Naciones Unidas estima en 160 años el tiempo que llevará a la humanidad lograr la plena igualdad entre hombres y mujeres.

Como mujer, como indígena y como ciudadana mexicana, he vivido en carne propia la discriminación. Cuando salí por primera vez de mi comunidad, hace casi veinte años, con la intención de convertirme en un ser libre, miré hacia atrás y supe que las huellas de mis pies cansados estaban marcando el camino por el que un día regresaría a Quiegolani. Lo que no podía imaginar era el rumbo que seguiría cuando al fin consiguiera ejercer mi libertad.

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HH

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