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sábado, 5 de mayo de 2018

Fabiola Lalinde Lalinde y su Operación Sirirí


La lucha de Fabiola Lalinde en la búsqueda de su hijo Luis Fernando, detenido desaparecido y ejecutado por una patrulla militar en Bello (Antioquia) en 1986, se ha convertido en un ejemplo y un símbolo de la lucha contra la impunidad. Finalmente encontró los restos de su hijo Luis Fernando enterrados de forma clandestina, gracias a su trabajo persistente superando innumerables obstáculos. Fue encarcelada, acusada de ser jefa del narcoterrorismo en Antioquia, cuando su caso iba a ser resuelto por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y posteriormente liberada. Ella definió su lucha como la Operación Cirirí, un pequeño pájaro que persigue al gavilán cuando roba sus polluelos hasta que los suelta. En sus propias palabras: el Sirirí nunca ha matado a un gavilán, pero es tan persistente y molesto que el gavilán tiene muchas veces que soltar sus presas. Por eso decidí ponerle ese nombre a esta lucha. La Operación Sirirí se ha convertido en un símbolo de la lucha de las víctimas, por su persistencia y claridad, y fue muy valorada por las mujeres como un ejemplo permanente para ellas.



“Luis Fernando y yo, más que mamá e hijo, éramos grandes amigos. Un sábado a finales de agosto se sentó en el suelo, al lado mío, para ver el noticiero; cuando mostraron a las madres de Plaza de Mayo en Argentina, con los pañuelos y las fotos de los hijos desaparecidos, y yo le dije a Luis: Ay hijo ¿que sentirá uno con un hijo desparecido? Qué horror lo que pasa en Argentina con esas dictaduras militares. 
Mamá, yo tengo amigos desaparecidos, respondió Luis. ¿Cómo se le ocurre?, si eso pasa es en las dictaduras militares. Mamá yo los tengo; un señor que era sindicalista y unos hermanos de las Juventudes marxistas. 
No hijo, eso pasa es en las dictaduras militares, aquí no porque esta es la democracia más antigua y estable de América Latina”. 
Ese diálogo ocurrió hace 31 años, cuando no estaba en los planes de Fabiola Lalinde ser reconocida con el premio a Toda una vida en la Defensa de los Derechos Humanos, que le fue otorgado el pasado 9 de septiembre. 
Las circunstancias se fueron acomodando: dos meses después de estar frente al televisor, el 3 de Octubre de 1984, Luis Fernando salió de su casa y tuvieron que pasar 12 años para que volviera. Pero, esta vez, para descansar en una tumba. 
Los hechos en los que desapareció el hijo de Fabiola, que cuando se fue tenía 26 años y estaba por graduarse de sociología, ocurrieron en medio de un cese al fuego bilateral pactado entre el gobierno de Belisario Betancur y diferentes grupos armados (Farc, M­19, EPL, ADO). 
La tregua era un respaldo al primer proceso de paz instaurado en el país pero rápidamente se rompió. Fuerzas Militares y guerrillas se acusaron mutuamente de haber roto el pacto.

Luis Fernando Lalinde. Foto escogida por doña Fabiola para representar la lucha en vida de su hijo.

 Hoy está claro que Luis Fernando Lalinde fue detenido por la patrulla N.22 del Batallón Ayacucho de Manizales en la vereda el Verdún del municipio de Jardín, Antioquia, a las 5:30 de la mañana, cuando se disponía a regresar a Medellín. Testigos presenciales del hecho relataron que fue torturado: colgado de la viga de una pesebrera, amarrado de un árbol, pateado y maltratado hasta las 6 de la tarde, cuando lo montaron en un camión del Ejército con las manos atadas a su espalda. 

Luis Fernando fue el desaparecido 329 de Colombia. Hoy, 30 años y varios intentos de procesos de paz después, la cifra ha aumentado de manera vergonzosa. Según el informe “Comportamiento del fenómeno de la desaparición, Colombia 2013” elaborado por el Instituto Nacional de Medicinal Legal y Ciencias Forenses, el RND (Registro Nacional de Desaparecidos) alberga un total de 20.944 casos de desaparición forzada de los cuales 433 han aparecido vivos, 19.638 siguen desaparecidos y 873 aparecieron muertos, como Luis Fernando. 

La búsqueda no fue fácil. 4428 días pasaron desde que doña Fabiola Lalinde, además de ser mamá y papá, se convirtió en investigadora. Como las madres de Plaza de Mayo de Argentina, imprimió la foto de Luis Fernando y salió en su búsqueda. De su padre había aprendido que las guerras no las ganaban las armas sino las estrategias y, de su madre, la serenidad para no cometer errores en tiempos difíciles. Se enfrentó al Ejército y a todos los organismos del Estado, soportó la agresividad de los generales, las amenazas y los dos atentados a otro de sus hijos, el terrorismo telefónico y la persecución de la que ella y su familia fueron víctimas. 
Un día mientras estaba en misa allanaron su casa y le implantaron falsas evidencias, 2 kilos de cocaína de alta pureza, la señalaron como jefe de la guerrilla en Antioquía y pasó 12 días en la cárcel. 

 El dolor, síntoma del horror que vivía, se convirtió en enfermedad, y lo somatizó en un Lupus. Pero ella, cargada de berraquera ­que definida en paisa es la máxima fortaleza­, se dijo: ni crean que les voy a dar el gusto de morirme y no encontrar a Luis. Entonces el dolor, que nunca se va, pero sí se transforma y se carga por el resto de los días, se convirtió en la razón de su vida, en encontrar a su hijo, llegar a la verdad y obtener justicia. Y creó la operación Siriri. La operación más pacífica del universo, exenta de cualquier sentimiento de odio o de venganza; su herencia a las demás víctimas y al mundo entero. 
Aunque encontró a Luis Fernando nunca ha dejado de trabajar con otras madres y familias de víctimas pues asegura que “para una mamá, como es mi caso, defender la vida no solo de sus hijos sino de toda la especie humana es parte de su deber”. Así ha pasado los últimos 30 años, acompañando a otras madres, viéndolas sufrir, llorar, enfermar y a veces morir, y buscando justicia para Luis. Dignidad es lo que tiene. Aunque encontró a su hijo y llegó a la verdad, todavía hoy reclama justicia: que el Estado deje de decir que le dispararon a Luis por intento de fuga y que acepte que lo detuvo, lo torturó, lo asesinó, lo desapareció y agotó todos los mecanismos de impunidad posibles para que su familia no pudiera identificarlo nunca, pese a que  Luis Fernando no estuvo involucrado en ninguna actividad clandestina. “Yo le había dicho a Adriana (su hija y hermana de Luis), yo sé que lo vamos a encontrar sin los dientes de adelante; porque yo había dicho que lo reconocía por los dientes pero no dije por qué”, ­recuerda doña Fabiola. “Y así fue, el maxilar inferior nunca apareció y no tenía los dientes de adelante del maxilar superior”. 




A doña Fabiola le entregaron en la Octava Brigada una caja de cartón y un acta de inventario que decía: 1 húmero, 1 omoplato, 7 costillas… “Soñé que Luis Fernando pasó corriendo y con la mano me hizo así ­(el puño arriba)­ y estaba riéndose, tal cual está aquí (en la escarapela), se despidió, iba sonriente… Y yo sentí como un descanso porque como quien dice: mamá, ya, tranquila”. Pero la tranquilidad se vulnera cuando la Justicia, todavía, no encuentra un responsable, ni dice la verdad. 

No politizar el dolor de las madres es una de las conclusiones a las que ha llegado doña Fabiola en estas tres décadas de drama. “Todos los hijos valen igual, ninguno merece ser asesinado, nada lo justifica”. En la operación Siriri han sido bienvenidas madres de soldados, de guerrilleros, de inocentes. “La operación Siriri es patrimonio de la humanidad ­dice­ pero tiene unas normas, es totalmente pacífica, un siriri nunca ha matado un gavilán, es insistente, persistente e incomodo”. Y así como cada gavilán tiene su siriri, todos los victimarios tienen una madre por cada víctima dispuesta a llegar hasta el final, reclamar verdad, reparación, justicia y no olvidar nunca. 

Doña Fabiola también creó el Partido de las mamás. “Somos las mujeres en general y las madres en particular, quienes somos las más afectadas por todas las formas de violencia que han ido surgiendo en el conflicto. Estoy convencida de que este mundo no se ha derrumbado porque lo sostiene la humanidad de las mujeres”. Si la guerra se entendiera desde la lógica de las madres, el fin de la guerra no sería cuestión de ganadores y perdedores, sino de no más muertes, no más dolor, ni sufrimiento. 
Doña Fabiola como muchas otras madres y mujeres, se ha enfrentado a los horrores de la muerte y ha soportado el profundo sufrimiento que deja al pasar. Vive en el mundo de la guerra, del conflicto, de la barbarie, un mundo del que mucho colombianos todavía no se enteran.

Escuchar a doña Fabiola es caer en la cuenta de que muchas veces la voz del sufrimiento llega a oídos sordos, las muertes de inocentes se justifican con mentiras, el dolor se coloniza con discursos, con poder; los intereses particulares son ahora verdugos y el conflicto se convierte en un sufrimiento particular. Cuando supo que su hijo hacía parte de una fracción política del Partido Comunista, doña Fabiola le advirtió que tuviera cuidado y lo cuestionó diciéndole que en este país las cosas siempre empezaban bien pero nunca acababan igual. Luis en cambio estaba muy comprometido y confiaba en ese proceso de paz que iniciaba y le respondió a su mamá “si mamá, pero de todas maneras hay que apostarle a las cosas en la vida. En todo hay que insistir y persistir y quien quita que ahora esto resulte”. “Es el momento de ahondar en la reflexión sobre el futuro político del país. Quizás no sea posible seguir mirando impasibles como se tortura y se asesina a nuestro alrededor como diciendo “no es con nosotros”, a la espera de que toquen nuestras puertas para entender tardíamente que había que haber luchado y no callado desde un principio…. o se repetiría la sentencia de Bertold Brecht…”, había escrito Luis en una revista que dejó en su escritorio antes de desaparecer­. “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importo porque yo no era ­ Enseguida se llevaron a los obreros, pero a mí tampoco me importó porque yo tampoco era­ Después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista. ­Luego apresaron a los curas, pero como yo no soy religioso tampoco me importó­ Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”.

 Ya pasaron 30 años desde que se llevaron a Luis, y en estos 30 años muchos más han desaparecido, miles de madres los buscan, sumergidas en el dolor y en la pena profunda que deja la partida de un hijo que no deja rastro, o que no vuelve jamás. A todas esas madres les queda la Operación Siriri porque -como dicen Adriana y doña Fabiola­ ya es difícil que acaben con ella, los siriris no están en vía de extinción entonces no hay problema. 

El 3 de julio de 1990, tras cinco años y nueve meses de dolor, rabia e impotencia, y la búsqueda infructuosa de Luis Fernando, doña Fabiola escribió: 
  Noche y niebla
 Tus pasos,
 se alejaron en la noche. 
Tu figura, 
la borró la niebla. 
El eco de tu risa, 
se perdió en el aire. 
Sin embargo y a pesar de todo…
 Tus pisadas son más fuertes
 Y el eco de tu risa
 retumba en la soledad 
de mi existencia 
Es la magia 
del espíritu
 Es la presencia 
del desaparecido
 ¡Maldita seas!,
 estupidez armada y poderosa.




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HH

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