Mercedes Abad Casas (Barcelona, Cataluña, España; 3 de febrero de 1961 ) es una escritora y periodista española.
Estudió en el Liceo Francés de su ciudad natal y en la Universidad Autónoma, donde se graduó en Ciencias de la Información.
Se presentó a una audición para el concurso de televisión Un, dos, tres..., durante la cual se rompió el menisco. Mientras se recuperaba de dicha lesión, escribió su primera novela, aunque el éxito no le llegaría hasta la publicación de su libro de cuentos Ligeros libertinajes sabáticos, que ganó el Premio La Sonrisa Vertical en 1986.
Ha publicado otros libros de relatos, Felicidades conyugales (1989), Soplando al viento (1995) y Amigos y fantasmas (2004, Premio Mario Vargas Llosa al mejor libro de relatos del 2004); la novela Sangre (2000), y el ensayo humorístico Sólo dime dónde lo hacemos (1991). Además, es autora de diversas obras de teatro y de algunas adaptaciones, entre ellas, XXX, de la compañía La Fura dels Baus. Ha colaborado como periodista en diferentes medios de comunicación y también ha trabajado de traductora. En la actualidad es profesora de la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés. En 2014 publicó la novela La niña gorda .
Durante la pandemia mundial de COVID-19, manifestó que la situación "Para algunos ha sido una cárcel; para otros, la cueva del anacoreta o el marco de una rica vida introspectiva; y otros, que antes pasaban pocas horas en ella, se han dedicado a hacerle tratamientos de belleza ordenando, tirando trastos o haciendo bricolaje". Consciente de cómo el confinamiento cambió la percepción de los espacios habitados, escribió su novela ilustrada Casa en venta (2020), recogiendo su propia experiencia en esta historia de ficción.
Ligeros libertinajes sabáticos (1986). Tusquets.
Felicidades conyugales (1989). Tusquets.
Sólo dime donde lo hacemos (1991). Temas de hoy
Soplando al viento (1995). Tusquets.
Una dosis de T.N.T. Cuento corto publicado en la Antología Los cuentos que cuentan (1998). Editorial Anagrama.
Sangre (2000). Tusquets.
Titúlate tú (2002). Debols!llo.
Amigos y fantasmas (2004). Tusquets.
El vecino de abajo (2007). Editorial Alfaguara.
Leyendas de Bécquer (2007). 451 Editores.
Media docena de robos y un par de mentiras (2009). Editorial Alfaguara.
La niña gorda (2014).
Casa en venta (2020). Páginas de Espuma.
Mercedes Abad es Susana y tiene trece años cuando su madre la sube a un taxi con destino al endocrino que hará que la niña gorda deje de serlo. A partir de ahí, armada con algo más caro que una voluntad de hierro, la joven viaja por el placer, la insatisfacción y la rebeldía cosechando una hechizante personalidad que incita al abrazo final.
La editorial, Páginas de Espuma, presenta este libro, La niña gorda, como “un personaje, un yo, muchos cuentos”. Vayamos por partes. Un personaje: Susana. “Así que ahí está esa niña…” inteligente y un poco filósofa a la que nadie educa en su diferencia sino que es invitada por su madre a dejar de ser gorda, a adaptarse. Aceptando como lo hace, ¿sigue siendo verdad esa máxima que inunda el primer cuento de que “el poder solamente cambia de manos”?
“Hacerte escritor es una manera de enloquecer”
Marta Martínez. Madrid
La madre ha conseguido ese cambio, es la madre la que la hace pasar por el embudo pero ella descubre que los adultos son manipulables y ahí hay un cambio muy importante. Por eso empecé el libro con ese cuento. Podría haberlo empezado cronológicamente cuando Susana tiene once años e ir siguiendo linealmente. Entonces, ¿por qué adelantar el endocrino que es cuando tiene trece años y medio? Bueno, por una parte me parecía divertido empezar un libro que se titula La niña gorda justo en el momento en que va a dejar de ser una niña gorda. Por otro, por lo importante que es ese momento en el que Susana empezará a rebelarse. Esa rebelión narrada a lo largo de todo el libro empieza justo ahí.
Hablamos entonces de un fracaso de la madre.
Es un fracaso que la madre pagará caro. En este libro hay una historia muy real debajo. Mi madre me dijo “tú eras buena hasta que te puse a dieta y entonces te salió la mala leche”.
De la niña se dice “sin ser exactamente lo que el mundo entiende por una mujer hermosa, parece muy satisfecha de sí misma”. En una sociedad como la nuestra, ¿se puede ser feliz siendo diferente y no estar loco?
Cuesta mucho. Al final, a los que nos ha costado siempre amoldarnos a lo que comúnmente se llama normalidad, a los que nos hemos apartado y rechazado el guión que se nos ofrecía y que otros mansamente han seguido, a los que nos hemos sentido distintos desde muy pequeños, no nos ha quedado otra que volvernos muy locos. Hay maneras y maneras de enloquecer. Hacerte escritor es una manera de enloquecer y rentabilizar todo ese caudal de locura, de dolor… Tiene mucho de desquite, de terapia, de refugio… pero es muy difícil ser feliz sabiendo que no eres lo que deberías ser, lo que en el mundo está mejor ser. Es difícil ser feliz cuando descubres que es mejor ser hombre que mujer, que es mejor ser guapo que inteligente…
Eso parece…
El mundo premia lo exterior y luego te viene con las pamplinas de que la belleza está en el interior. Ese es el fariseísmo desatado de nuestra sociedad porque triunfan los bellos, los hermosos que siempre son los mimados, los elegidos y los deseados. A pesar de eso, te acabas reivindicando. Es una reivindicación que cuesta pero acabas diciendo ¡la inteligencia dura más!
Una vez se leyó en las paredes de la ciudad “tened cuidado porque los feos somos más”. Probablemente era una llamada a la revolución.
“Los feos somos más”, es buenísimo. En una ocasión fui consciente de ello al coincidir con una chica muy guapa en una cena a la que aplasté intelectualmente. Fue una experiencia terrible porque me descubrí siendo malvada, siendo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Me sentí mal por necesitar aplastarla y hacer que la mesa se burlara de ella. ¿Por qué? Probablemente porque hay un dolor, una herida antigua.
Una batalla más en la guerra planetaria entre guapos y listos.
¡Sí! ¡Pero ellos se lo han buscado! ¡Que no hubieran nacido guapos! ¡Es un insulto permanente a nuestra fealdad! (Ríe).
Entre los sutiles detalles de la obra cabe destacar que las mujeres resultan mucho más crueles hacia el aspecto de Susana que los hombres. ¿Siguen siendo las mujeres las peores enemigas de las mujeres o es algo superado?
Sí, indudablemente y en muchos aspectos. Coco Chanel decía que una mujer nunca se viste para gustar a un hombre sino para fastidiar a las otras mujeres. Eso es algo que sigue siendo verdad. Sigue existiendo, pese al feminismo, una grandísima y estúpida rivalidad. Seguimos bailándole al sistema patriarcal siendo malas entre nosotras. Yo misma a veces tengo que reprimirme y decirme “no seas estúpida”, estás jugando a ese juego imbécil de medirte con las otras. Se evidencia, por ejemplo, si hablamos de esa nueva moda que existe por lo menos en Barcelona y que consiste en no mirar.
Dramáticamente cierto.
La gente no se mira. Los días que vas hecha un desastre no pasa nada pero los días en que vas mona, resulta que pasa la guapa, ¡la guapa!, y gira la cara. Ese es el sistema patriarcal triunfando sobre nosotras.
¿Cómo acabamos con eso?
Mirando. Mirando y diciendo “mira qué guapa, me está arreglando mi paisaje vital”. Está bien aceptar la belleza ajena.
Aplicándolo a la literatura, ciertamente, nadie imagina a un escritor tildando sistemáticamente de basura todo lo que no ha escrito él. Sin embargo las mujeres…
¡Claro! ¡Ese argumento es fantástico! ¡Te lo voy a robar! (Ríe). Es verdad, no dices “hasta que yo llegué al mundo de la literatura lo demás era bazofia” y en cambio entre las mujeres existe ese despellejamiento del tipo “pero se le caen las tetas”, “pero está operada”. Bueno, es hermosa y da igual. Si se ha operado, ha sido lo bastante inteligente como para elegir un buen cirujano, cosa que no es tan fácil.
Abordemos ahora el “yo”. El tema del físico y el tamaño enlaza este con libros anteriores como tu mítico Ligeros libertinajes sabáticos. El nexo más claro quizá sea el de aquella gorda que asfixiaba sin querer con su cuerpo al hombre que le estaba practicando sexo oral. Aun así, has dicho en alguna ocasión que tu obra tiene poca relación con tu biografía. Entonces, ¿Ese yo no es Mercedes Abad?
El yo de este libro es muy yo. Hasta ahora siempre había dicho que mis cuentos no eran nada autobiográficos y era cierto. Con los cuentos suelo alejarme y partir mucho menos de lo biográfico como material mientras que las dos novelas sí que eran claramente autobiográficas. Tanto Sangre como El vecino de abajo lo eran. Eso cambia con La niña gorda. La niña gorda c’est moi, parte de ese dolor ¿Por qué ahora y no antes? Por la edad. Hay un momento en la vida en que cumples años y empiezas a volverte hacia la infancia, a recuperar quien fuiste, los elementos formativos, y los pilares.
Algunas de las descripciones de este libro resultan inquietantemente realistas. ¿Cómo es posible acercarse tanto al abismo sin caer en él?
Me alegra saber que se lee así porque temía que las sensaciones no fueran las mismas para la gente de generaciones más jóvenes. Las cosas que narra este libro deben haberse vivido porque es muy difícil imaginar cómo se vive en la piel de una niña gorda si no lo has sido nunca. Este libro ha sido sometido a una cura de adelgazamiento, he suprimido muchas cosas. Entre ellas había un texto en que hablaba de los muslos…
¿Del roce en verano?
¡Exacto! Recuerdo esa sensación horrible. Prefería el pantalón porque la falda hacía que el sudor produjera ese roce que hacía que estuvieras muy irritada al cabo de un rato. Eso no está en el libro, que quedó en una de las piezas que suprimí porque es un cuento titulado La tesis en el que hablaba de que todas las gordas de mi obra son yo. Ahí apuntaba que la primera era esa gorda de la que hablábamos de Ligeros libertinajes sabáticos, la primera gorda de mi trayectoria. Recuperaba también una gorda que salía en Sangre. En aquel caso, la mujer se encuentra en la parada del autobús y es observada mientras se come un dulce. Lo primero era pensar en lo bello que es ver a alguien disfrutar comiendo porque no está acomplejada por su gordura.
Y ocurría algo…
De pronto, la gorda se siente culpable, cierra el paquete de buñuelos. Que no lo digo pero en mi cabeza eran buñuelos de cuaresma porque me chiflan y me podría comer mil. Al cabo de un minuto vuelve a abrirla y se los come pero sin placer, porque los tiene que acabar o no dejará de pensar en qué ganas tiene de comerse los buñuelos que le quedan. Esas dos gordas son la premonición de este libro. Tenía que escribir algo sobre esto. Tenía que soltar este peso. Además, creo que sólo partiendo de lo personal puedes alcanzar lo universal.
Y “muchos cuentos”. Desde el inicio de tu carrera te has mostrado favorable a hacer saltar los géneros por los aires pero ¿Podemos estar seguros de que La niña gorda son diez cuentos y no una novela peculiar?
Flavia Company, cuando lo leyó, dijo que era una “cuentela” y voy a utilizar la palabra. Este libro empezó siendo novela pero no funcionaba pero tenía algo de popurrí, de mezcla de demasiado… Hay mezclas químicamente impuras que funcionan pero ahí había, entre otras cosas, saltos de puntos de vista que no acababan de coger unidad. La primera parte funcionaba bien pero la segunda no… Entonces decidí convertirla en un libro de cuentos. Lo que más lo acerca a la novela es el hecho de que haya una misma protagonista pero hay más como las subtramas, los secundarios que reaparecen, la niña que evoluciona y que, en la primera versión, moría. Precisamente trabajando en ese final supe que era incapaz de escribir el presente. Lo autobiográfico necesita distancia.
Entonces, ¿La niña gorda tendrá una segunda parte?
Igual dentro de treinta años porque, como te digo, se necesita tiempo para hablar de uno mismo. Yo noté que la comodidad con la que escribí los cuentos sobre la infancia y la adolescencia temprana la perdía al hablar de la actualidad.
El lenguaje del último cuento es quizá el más agresivo con respecto a esa cuestión de la imagen, de la anorexia, del cuerpo… ¿Llega a aprender algo Susana?
Creo que se queda muy anclada, no acaba de liberarse. Sí, tira las básculas porque quiere recuperar a Raymond pero…
Pero eso es dejar de fumar el uno de enero y comprar tabaco al día siguiente. Hay grandes gestos que no llevan a nada.
Yo necesitaba mostrar el drama de la ex gorda que sigue siendo gorda. Uno de los terrores de mi vida es engordar. La gente me dice que estoy muy delgada y sí, pero mis esfuerzos me cuesta.
Hubo quien dijo que ser gordo es una actitud.
Claro. Yo soy gorda. Luego me miro al espejo y tiendo a verme gorda. No he tenido un problema de anorexia pero he coqueteado con ella. Me gusta comer pero a veces soy consciente de que pensar que va a engordar me tensa estropeando el placer de hacerlo. Por otra parte, soy incapaz de dejar de comer. Eso es algo que la gente no entiende. Me interesa confesarlo porque me interesa librarme de ello. Parto de la ingenua idea de que quizá escribiendo sobre ello lo consiga y deje de ser una obsesa.
Hacia el final del libro se lee: “la gente alaba mi fuerza de voluntad, mi tesón de acero inoxidable: son así de tontos todos”. ¿Así de caro es dejarse cambiar?
Lo pagas muy caro. Yo tengo esa fuerza de voluntad, una rigidez que me encantaría perder.
¿Y dejar de ser esclava de ti misma?
Sí. Mira, dejé de fumar pero soy una esclava de esa Panzerdivisionen. A veces pienso que igual me gustaría volver a caer en el hábito pero, claro, no caigo porque ya estoy lejos. Si recayera sería una cuestión racional, ya no sería una cuestión de flexibilidad. Me encantaría ser más flexible, relajarme, perder esa rigidez. En La niña gorda estoy retratando algo muy mío, esa rigidez de la que somos todos víctimas. Susana se libera en el último cuento pero no, no se está liberando porque lo que le da rabia es que Raymond la haya dejado por una gorda feliz en su gordura. Fíjate en la gorda de la portada del libro. Pues bien, la ilustradora que hace esas gordas narigudas está muy delgada así que lo que retrata son sus demonios, lo que intenta mantener alejado.
Eso creo que se inventó con las imágenes de los bisontes en Atapuerca.
Sí, reflejamos para alejar y no aprendemos nada. Ahora pienso que menos mal que no tengo hijos y no me pasa algo así con un hijo porque no sé qué actitud asumiría. Tengo una sobrina a la que le gusta comer, disfruta comiendo y siempre me hace pensar por qué nos impiden gozar de eso por una imagen. La felicidad es alcanzar lo que deseo pero, claro, como tengo que obtener el aplauso, no lo hago.
Con todo lo anterior, ¿Cuál es la moraleja de este libro? ¿Hay moraleja? ¿Puede haberla?
No, no hay moraleja. Estamos hablando, como siempre, de la dificultad de ser en este mundo tan hipócrita. Todo el mundo aspira a parecerse a un anuncio lo cual es tristísimo porque ya no queremos ni parecernos a las estrellas de Hollywood sino a la publicidad.
Esas mujeres casi siempre sin nombre…
No hay nada, son envases vacíos. A mí me hubiera hecho una ilusión bárbara parecerme a Ava Gadner que cuando dejó Hollywood dijo “¡qué bien, ahora podré engordar!”. Y engordó. Para mí es un icono.
Reconocimientos
Premio La Sonrisa Vertical (1986) con la obra Ligeros libertinajes sabáticos.
Premio NH de relatos Mario Vargas Llosa (2004) con Amigos y fantasmas.
http://www.llegirencasdincendi.es/2014/04/entrevista-con-mercedes-abad-autora-de-la-nina-gorda/
https://percebesabad.blogspot.com/
https://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_Abad
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