Georgina Mary Mace (12 de julio de 1953 - 19 de septiembre de 2020) fue una ecologista y científica conservacionista británica. Fue profesora de Biodiversidad y Ecosistemas en el University College de Londres , y anteriormente profesora de Ciencias de la Conservación y directora del Centro de Biología de Poblaciones del Consejo de Investigación del Medio Ambiente Natural (NERC) del Imperial College de Londres (2006-2012) y directora de Ciencias en la Sociedad Zoológica de Londres (2000-2006).
Georgina Mace nació en el distrito de Lewisham de Londres. Su madre era Josephine Mace, enfermera y su padre era el Dr. Bill Mace, reumatólogo. Estudió en la City of London School for Girls antes de estudiar en la Universidad de Liverpool, donde obtuvo una licenciatura en Ciencias en 1976. Obtuvo un doctorado en ecología evolutiva de pequeños mamíferos en 1979 de la Universidad de Sussex
Sus principales intereses de investigación fueron la medición de las tendencias y consecuencias de la pérdida de biodiversidad y el cambio de los ecosistemas. Comenzó su carrera en el Instituto Smithsoniano para estudiar el impacto de la endogamia en las colecciones zoológicas. Mace continuó con este trabajo e investigó más a fondo la ecología de las poblaciones cautivas estudiando la viabilidad de las poblaciones en los zoológicos. Mace comentó que "fue emocionante hacer contribuciones científicas cuantitativas a la conservación"
Fue presidenta de la British Ecological Society, presidenta de la Society for Conservation Biology, miembro del Comité Científico de Diversitas. Mace fue editora de Philosophical Transactions of the Royal Society (Serie B, Ciencias Biológicas) de 2008 a 2010.
En 2000, Mace se convirtió en Directora de Ciencias en el Instituto de Zoología de Londres, tiempo durante el cual fue fundamental en el desarrollo de los criterios para incluir especies en la Lista Roja de la UICN , el inventario más completo sobre el estado de conservación de las especies del mundo que contribuye al mantenimiento de la biodiversidad global es administrado por la UICN . Antes de estos cambios, la Lista Roja se basaba en nominaciones de expertos en lugar de datos, los cambios instigados por Mace y sus colegas tardaron 10 años en ser implementados por la UICN. Muchas publicaciones regionales de la Lista Roja ahora se basan cada vez más en los mismos criterios, que tienen en cuenta el cambio climático y otros factores ambientales para determinar las amenazas de extinción. Desde 2002, ella y sus colegas han trabajado para establecer métodos para evaluar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos que proporciona, y los cambios en la biodiversidad que se han medido provisionalmente mediante el Índice de la Lista Roja .
Mace también participó activamente en las secciones de biodiversidad de la " Evaluación de los Ecosistemas del Milenio ", que se llevó a cabo entre 2002 y 2005. Mace afirmó que "toda la evidencia hasta la fecha es que cuando las sociedades se proponen resolver un problema, generalmente pueden hacerlo".
En 2006, Mace se convirtió en directora del Centro de Biología de Poblaciones del Consejo de Investigación del Medio Ambiente Natural del Imperial College en Silwood Park . Después de 2012, Mace se desempeñó como directora del Centro de Investigación de Biodiversidad y Medio Ambiente (CBER) en el University College de Londres. También fue editora académica de PLOS Biology , la revista en línea de acceso abierto y apoyó la política de acceso abierto a las publicaciones científicas.
En 2018, Mace fue designada miembro del Comité de Adaptación del Comité de Cambio Climático, asesorando al Reino Unido y a los gobiernos descentralizados sobre el progreso logrado en la preparación y adaptación a los impactos del cambio climático.
Reconocimientos
Mace fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) en 1998, Comandante de la Orden del Imperio Británico (CBE) en 2007 por sus servicios a la ciencia ambiental, y Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico en los Honores de Año Nuevo de 2016 por sus servicios a la ciencia.
Mace fue elegida miembro de la Royal Society (FRS) en 2002.En julio de 2007 se le otorgó un Doctorado Honoris Causa en Ciencias por la Universidad de Sussex por su trabajo sobre biodiversidad, seguido de otro Doctorado Honoris Causa, de la Universidad de Lausana , Suiza, en 2018.
Fue la ganadora del Premio Internacional Cosmos 2007.
En 2011 recibió el Premio Ernst Haeckel de la Federación Ecológica Europea . En 2016 , Mace ganó el Premio Dr. AH Heineken de Ciencias Ambientales . En 2016 también fue galardonada, junto con Sandra Knapp , con la Medalla Linneana de la Sociedad Linneana
Recibió la Medalla Presidencial de la British Ecological Society , y el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento 2018 en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación, junto con Gretchen Daily , por desarrollar herramientas vitales que faciliten políticas basadas en la ciencia "para combatir la pérdida de especies".
La rata arrocera extinta Megalomys georginae de Barbados recibió su nombre en su honor.
Adelaida Chaverri Polini (Costa Rica, 21 de mayo de 1947-Costa Rica, 20 de setiembre de 2003) fue una ecóloga forestal tropical y conservacionista proactiva .
Ingresa a la Galería de las Mujeres de Costa Rica (Edición 2003) por su trayectoria de vida, y por haber marcado un hito para la historia de nuestro país con sus incansables y laboriosas investigaciones para salvaguardar la riqueza biológica del país.
Nace en 1947 y muere el 20 de septiembre de 2003. Científica reconocida en América Latina, Norte América y Europa, por su trabajo a favor de los bosques montanos y los pastizales del páramo alpino en el neotrópico de altura en Costa Rica, marcó un hito para la historia de nuestro país con sus incansables y laboriosas investigaciones en estos hábitats.
Estudió en la Universidad de Costa Rica y en el Bryn Mawr College, en Pennsylvania, Estados Unidos, la carrera de Matemática. En 1979 terminó una maestría en el Centro de Agronomía Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE). Más tarde, amplió sus conocimientos en el Oxford Institute of Forestry, en la Universidad de Oregon, en el Departamento de Botánica de la Universidad de la Florida en Gainsville; y en el Departamento Forestal de la Universidad de Gottingen, en Alemania.
Dictó clases desde 1975 en la escuela de Ciencias Ambientales de la Universidad Nacional, en los campos de Ecología Forestal y Manejo Forestal.
Con su intuición, conocimiento y fuerza de voluntad, Adelaida se caracterizó por trabajar incansablemente para asegurar la sobrevivencia de la biodiversidad en las montañas de Costa Rica. Una profunda convicción, aunada a su gran motivación y entusiasmo, permitió a esta científica y ambientalista de corazón generoso y sentido visionario, legar a ésta y futuras generaciones los frutos de la lucha por salvaguardar las riquezas biológicas del país.
Contribuyó en forma significativa a la consolidación del Servicio Nacional de Parques Nacionales y a la creación del Parque Nacional Chirripó.
Como naturista transmitía una concepción espiritual y sencilla de la vida, lejos de intereses consumistas o empresariales.
Adelaida Chaverri Polini fue una conservacionista de corazón, representa la valentía y la tenacidad. Su obra perdurará en los bosques, especialmente en los robledales y en los ecosistemas que con tanto empeño contribuyó a preservar.
Chaverri Polini en la cumbre del Cerro Chirripó,Costa Rica. (Foto: cortesía de Alfonso Mata)
Una pérdida para la ciencia y la conservación
La noticia del fallecimiento de Adelaida Chaverri Polini, nacida el 21 de mayo de 1947, ha conmocionado al mundo científico en América Latina, Norteamérica y Europa. Es una pérdida irremplazable para la ciencia de los bosques montanos y los pastizales del páramo alpino en el Neotrópico, puesto que ella sobresalió por su conocimiento y experiencia en estos frágiles ecosistemas de altura en Costa Rica, como resultado de su incansable entusiasmo por visitar estos sitios remotos, conducir investigación laboriosa en sus hábitats, y dar presentaciones sobre su ecología compleja y su manejo sostenible.Sus hijos, Andrés y Catalina, fueron una fuente de gozo y motivación para seguir trabajando, en condiciones difíciles, a favor de la conservación de los tesoros en las elevaciones naturales en la Cordillera de Taamanca de Costa Rica, hasta que entró en los últimos y difíciles meses y semanas de su vida que, triste y muy prematuramente, terminó el 20 de setiembre de 2003.
Llevaba años luchando contra su enfermedad sin querer rendirse: había tanto por hacer para asegurar la supervivencia de la biodiversidad de las montañas de Costa Rica, tanto en las poblaciones rurales como en las urbanas. Ella fue una naturalista en el sentido tradicional, motivada por su intuición y la voluntad innata de ayudar a salvaguardar la riqueza biológica necesaria para que la humanidad sobreviva en el largo plazo. Montañista de las zonas altas En varias giras, Adelaida, una verdadera montañista y científica, condujo a numerosos científicos a la cumbre del Cerro Chirripó (3819 msnm) —un pico del cual se enamoró— para conocer los majestuosos ecosistemas de altura, con su mezcla de flora y fauna tropical y templada. Explicó la naturaleza inmensa y la fragilidad extrema de estos hábitats, la alta incidencia del fuego durante las últimas tres décadas y el lento proceso de regeneración luego de las quemas frecuentes que tanto le preocupaban.
Gertrude Duby Blom, conocida como “Trudy” (nombre de soltera: Gertrude Elizabeth Loertscher), fue una periodista, fotógrafa, trabajadora social y etnógrafa suiza, nacida en Berna el 7 de julio de 1901y falleció el 23 de diciembre de 1993 (92 años) en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas , México. Trabajó durante más de cincuenta años en la selva lacandona documentando la vida de los indígenas y la depredación de esa región selvática del sureste de México.
Se unió a los 23 años al Partido Laborista inglés durante su residencia en el Reino Unido donde radicó haciendo reportajes para periódicos suizos. Para aprender italiano, viajó a Florencia en donde se comprometió en la lucha social y participó en movimientos antifascistas. Fue arrestada y encarcelada junto con otros socialistas, y más tarde deportada a la frontera suiza. De regreso a su país de origen se casó con su paisano Kurt Duby, cuyo apellido llevaría hasta la muerte a pesar de haberse divorciado de él poco tiempo después de su matrimonio.
Viajó a Alemania en donde se casó por segunda ocasión con un ciudadano alemán, sólo para fines de lograr su inmigración en el país. Más tarde siguió su tarea de periodista y se unió al Partido Socialista de los Trabajadores. A partir de 1933 fue perseguida por los nazis, lo que le hizo volver a Suiza y después, ya en 1940, vía Francia, emigrar a México junto a otros refugiados, socialistas, comunistas y judíos.
En este país donde residió de manera definitiva y del que adoptó la nacionalidad, conoció a un arqueólogo de Dinamarca de apellido Blom, inmigrante como ella, a quien le compró un aparato fotográfico con el que aprendió los secretos del oficio que se volvería central en su actividad profesional.
Establecida su relación con el arqueólogo danés Frans Blom, en 1943 viajaron juntos a Chiapas para establecerse a fin de hacer investigaciones y documentar acerca de la selva lacandona y sus indígenas. Hicieron su residencia en San Cristóbal en donde fundaron una casa-hotel-museo a la que llamaron Na Bolom (La casa del jaguar, en maya tzotzil), y desde la que expusieron al mundo la realidad de la etnia lacandona y la grave depredación a la que estaba siendo sujeta esa región selvática. A la muerte del arqueólogo danés, en 1963, “Trudy” continuó con las tareas de investigación, de fotografía y etnográfica, hasta el fin de sus días en 1993.
En Na Bolom se dio hospedaje a los lacandones que iban a la ciudad y en el recinto se estableció un museo, hoy institucionalizado, que cuenta con una colección de más de 40 000 fotografías de las comunidades indígenas del estado de Chiapas así como salas mostrando arte religioso, utensilios, textiles y artesanías principalmente de los lacandones pero también de otras etnias regionales como los tzotziles y los tzeltales. Hay también un vivero que contiene una serie de especies vegetales en riesgo de extinción que ha sido punto de partida para campañas de salvamento y rescate de algunas de esas especies.
Al contar la vida de María Emilie Ana Koepcke nos quedo la sensación de que se debería continuar contando sobre de su hija Juliane Koepcke. Sentimos que esa manos unidas en el momento del accidente nos daban una continuidad que a ella le hubiera hecho muy feliz .
Juliane Köpcke nació en Lima el 10 de octubre de 1954, hija del biólogo Hans-Wilhelm Köpcke y de una famosa ornitolóloga, María Emilie Ana Koepcke de nacionalidad alemana cuyo apellido llevan al menos tres aves tropicales amazónicas.
En 1971 ya se encontraba cursando el último año de la escuela media y pensaba estudiar zoología o biología.
El 24 de diciembre de 1971, Juliane y su madre María se dirigieron al aeropuerto Jorge Chavéz en Lima, Perú, con destino a la ciudad de Pucallpa, donde su padre, que allí trabajaba, las esperaba para celebrar la Navidad.
Cuando sobrevolaban la selva del Amazonas, se formó una tormenta, con fuertes vientos y lluvia.
En el momento en el que las sacudidas fueron más violentas, los equipajes de mano salieron de sus cubículos, el avión descendió 4000 metros y el piloto buscaba aire más denso para poder realizar un aterrizaje de emergencia, Juliane lo describé de la siguiente manera:
Yo fijaba la vista en el motor derecho como recurso virtual a mi falta de apoyo físico. La fría humedad de la mano de mi madre delataba su consabido sufrimiento. En ese punto, el viaje se tornó en la aventura de mi vida cuando una inmensa y cegadora luz atravesó la hélice que yo contemplaba. El avión se escoró rápidamente y comenzó a caer picado gobernado ahora únicamente por la fuerza de la gravedad
A las 12:36 un rayo golpeó al avión cuando estaba a unos 3000 metros de altura, y explotó.
Juliane salió despedida del avión, asida por su cinturón al asiento, y cayó sobre las copas de los árboles, cuyas ramas y la densa vegetación amortiguaron el impacto hasta el suelo. Estuvo inconsciente unas 3 horas, y cuando despertó a la mañana siguiente, se encontraba en tierra, y rodeada de la más densa selva. El hecho de haber caído con su butaca, y que ésta cayese sobre la espesa vegetación le salvó la vida.
Juliane miró a su alrededor y junto a ella había solo cuerpos y restos del avión.
Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mí alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en sí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.
Increíblemente, Juliane Köpcke tenía solo heridas mínimas: su brazo tenía un corte, tenía una herida en su hombro, tenía un ojo morado y su clavícula rota.
Juliane pasó los siguientes dos días tratando de buscar ayuda, pero lo único que halló fueron los restos calcinados del aparato y los cadáveres de otros pasajeros.
Juliane decidió aferrarse a la vida y sobrevivir a toda costa. Recordando los consejos ,que le habian enseñado nociones de cómo orientarse en un lugar desconocido, Juliane empezó a seguir el curso de un arroyo, con la esperanza de que éste la condujera hasta ríos más caudalosos, en donde podría habitar gente. Debido a que el río era cálido, pudo calentarse y no morir de frío, además de que el agua era potable. En algunos tramos tuvo que nadar, porque presentaba cierta profundidad. Los cocodrilos de la zona no le atacaron. Aunque observó algunas frutas en los árboles, no se las comió porque sabía que eran venenosas.
Fueron días aciagos, en los que debió hacer frente a un calor insoportable, a las picaduras de los mosquitos, y al peligro de que se le apareciera un animal salvaje. Juliane no sabía que se encontraba a más de 600 km de cualquier centro habitado, en plena Amazonía peruana.
Tras diez días de caminata por la jungla, finalmente llegó a un río navegable y caminó por manglares y la orilla hasta dar con una canoa a motor y una choza, que servía de refugio para cazadores. No quiso robar la canoa, por lo que esperó varias horas hasta que los propietarios llegaran de vuelta. Entretanto, y dado que su cuerpo se había emparasitado con larvas de moscas, se roció con combustible para intentar limpiar la herida.
A la mañana siguiente, los cazadores, que eventualmente transitaban por dicho lugar, la encontraron en el refugio. La llevaron hasta su aldea, donde le dieron comida y le curaron las heridas más graves. Al día siguiente, Juliane fue llevada en canoa durante diez horas de viaje hasta el pueblo de Tournavista, donde le trasladaron en avión hasta Pucalpa para ser internada en el hospital. Allí, se reunió con su padre.
Las indicaciones de Juliane Köpcke ayudaron a dar con los restos del avión —se encontró la parte delantera casi intacta— y constatar que si bien sobrevivieron 13 pasajeros, entre los cuales se encontraba el piloto del avión, que quedó muy malherido tras la caída, estos no vencieron a la selva y fallecieron en diversas circunstancias.
Tuve pesadillas durante muchos años, muchas por supuesto sobre la muerte de mi madre y de otras personas una y otra vez. La pregunta "¿fui yo la única superviviente?" resuena todavía en mi cabeza. Y lo hará para siempre.
Juliane Koepcke, en 2010
Juliane regresó a Alemania, donde se recuperó totalmente de sus heridas y continuó sus estudios, obteniendo su título en zoología y biología en 1987. La Dra. Juliane Diller, como se la conoce actualmente, se especializó en el estudio de murciélagos. Actualmente trabaja como bibliotecaria en la Colección zoológica del Estado de Bavaria en Múnich.
El director de cine Werner Herzog iba a viajar en ese mismo avión, pero perdió el vuelo. Treinta años después, en 2000, hizo una película titulada Wings of Hope.
En 1974 hubo otra película titulada I miracoli accadono ancora, dirigida por Giuseppe Maria Scotese. El papel de Juliane estuvo interpretado por la actriz Susan Penhaligon.
Juliane Koepcke: “Nunca había sentido ese temor de que todo desaparezca”
La bióloga y conservacionista peruana fue la única sobreviviente de un accidente aéreo ocurrido hace más de 40 años.
Hoy es la guardiana de Panguana, un paraíso en la selva huanuqueña
Dos veces al año, rumbo a Pucallpa, Juliane Koepcke repite la misma ruta de aquel fatídico avión de Lansa que se precipitara a tierra en diciembre de 1971. La única sobreviviente del accidente, en el que murieron 92 personas (su madre entre ellas), aún tiene miedo de volar. Sin embargo, asegura que es lo que debe hacer para llegar a Panguana, área de conservación privada (ACP) en el distrito de Yuyapichis, Huánuco, un paraje que ella busca proteger de la extracción informal de oro, que destruye cada vez más biodiversidad.
Aunque no le gustan las entrevistas, usted ha decidido divulgar su preocupación por el avance de la minería ilegal en los bosques huanuqueños.
Luego del accidente no quise saber nada de la prensa hasta el año 1998, cuando hice el documental con el director alemán Werner Herzog. Comprendí que eso era parte de mi vida, aunque siempre he intentado escapar de aquellos pensamientos. Ahora mi misión es evitar que se destruya el medio ambiente selvático.
¿La extracción aurífera es lo único que le preocupa?
También la amenaza que representan las carreteras, ya que son el principio del fin para el bosque. Lo noto cuando voy por la carretera Marginal desde Pucallpa a Panguana. Desde que se construyó en los años 80 la naturaleza ha ido desapareciendo. Otro problema son las compañías reforestadoras. Tumban los árboles, sacan la madera y luego siembran una sola especie, la bolaina.
Pero las actividades mineras informales generan más presión.
Desde 1950 llega gente a la zona en busca de oro. Sin embargo, los precios del oro, cada vez más altos, incentivan la minería informal. Resulta difícil controlar esas zonas lejanas, nadie vigila.
La ausencia de autoridades debilita la fiscalización.
El caso de la compañía china [Shuanghesheng Mining Group, del ciudadano Yi Yanguang, investigado por sus vínculos con la minería informal], que ha solicitado varios petitorios mineros a lo largo de los ríos Pachitea y Yuyapichis es algo completamente nuevo. Nunca hemos sentido ese temor de que dentro de poco podría desaparecer todo. Esa forma agresiva de meterse en los terrenos sin respetar la ley es preocupante. Además, [los mineros informales] prometen ayuda y desarrollo a la gente local. Quisiera que las autoridades tuvieran más valor para detener a esta gente. El Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp) debería ocuparse. Si bien tiene el ánimo, le hacen falta fondos. Y si uno ve cómo actúa el Gobierno Regional de Huánuco a través de su Dirección de Energía y Minas, pues pierde la esperanza.
Usted le envió una carta notarial al director de Minería de Huánuco en la que le pedía cancelar aquellos petitorios que se sobreponían a su reserva.
No sentimos ningún apoyo, al contrario. Pareciera que el señor estuviese ligado a la compañía china por como se expresa [en su carta de respuesta].
La compañía china a la que se refiere, Shuanghesheng Mining Group, señala en una carta al Ministerio del Ambiente que pretendía construir una vía.
Se dieron cuenta del interés que tienen las comunidades nativas vecinas por construir una carretera. Hace años ya venimos lidiando con eso. Ellos querían que se ubicara en el límite de Panguana sin zona de amortiguamiento. Esto acabaría con el área natural, pues elimina la posibilidad de que los animales se desplacen. Antes de que comenzara el problema por la compañía china [pretendían ingresar en la zona maquinaria pesada], propusimos hacerla por el otro lado del río Yuyapichis. Incluso me ofrecí a apoyar económicamente.
La lucha es constante…
Es un problema que nunca termina. He conversado varias veces con los jefes de las comunidades, quienes hablan de una manera muy inteligente sobre la naturaleza selvática cuando están solos. Siempre nos hemos llevado bien con los vecinos y las autoridades. Lo malo es que cada vez que hay elecciones estas cambian y debemos empezar todo de nuevo. Con el alcalde de Yuyapichis al principio nos llevábamos muy bien, pero ahora también insiste en construir la carretera. Es difícil ponerse de acuerdo con todos.
Pero es muy natural que la gente local desee mayor y mejor infraestructura.
Lo comprendo, pero hay alternativas, como programas que pagan por conservar el bosque. La Amazonía es lo más importante que tenemos. Siempre hemos pensado que aquí la situación no es tan grave y que la destrucción no avanza tan rápido. Sin embargo, el humo producto de la quema y tala de árboles en tiempo de verano oscurecen el sol y la luna, y cuando llueve huele a quemado a pesar de que ocurrió a kilómetros del lugar. La minería ilegal destruye más rápido el ecosistema. Cuando me enteré de que habían tratado de ingresar maquinaria pesada en el área no podía dormir. Estaba desesperada en Alemania. Por motivos de trabajo no podía venir.
¿Es posible ocuparse de estos problemas desde tan lejos?
Carlos Vásquez , o ‘Moro’ como lo llamamos de cariño, es el administrador de Panguana y vive ahí con su familia. Tiene un compromiso personal con el lugar. Cuando mi papá llegó a la zona era solo un adolescente. Me ha dicho que lucharemos hasta el final.
Incluso usted pidió ayuda al principado de Baviera.
La princesa Auguste de Baviera es doctora en Biología. Se enteró de Panguana mediante un artículo. Como es muy influyente en Alemania pensamos que su apoyo era importante. Aceptó gustosa escribir una carta junto con su hermano dirigida al presidente Humala.
Lo que sea para proteger Panguana.
Ese bosque me salvó la vida [el avión de Lansa se estrelló a 50 km de Panguana] y gracias a lo que me enseñaron mis padres pude sobrevivir. Hay un vínculo muy fuerte porque, además, soy bióloga y he estudiado ese ecosistema. Basta ver cómo la extracción de oro ha destruido Madre de Dios para querer detenerla y sentirme más comprometida. Muchos pensarán que pierdo la paciencia y dejo todo [al volver a Alemania]. Pero es al revés, me da más fuerza. Nunca dejaré Panguana.
“RECUERDO EL ACCIDENTE COMO SI HUBIESE SUCEDIDO AYER”
Se ha escrito mucho, se han hecho documentales y hasta una película sobre su historia. ¿Qué la animó a publicar su autobiografía en el 2011?
Mucho de lo que contaron no era verdad, al principio eso me molestaba bastante. Desde un comienzo quise relatar mi versión. Me mudé a Alemania después del accidente, un país nuevo para mí, y no tuve fuerzas. Después lo pospuse por el trabajo. En el 2009 ocurrieron dos accidentes aéreos horribles, uno de ellos el de Air France. Siempre que ocurre algo grave me llaman, en tiempos de Internet resulta imposible esconderse. Entonces, di una entrevista extensa a una revista alemana, hice contactos y me ofrecieron publicar un libro. Este salió justo al cumplirse 40 años del accidente, una fecha importante para mí. Hasta ahora estamos buscando una editorial en el Perú para publicarlo. Asimismo, cuento sobre mi labor de conservación en Panguana.
¿Después de tantos años aún recuerda con claridad lo que sucedió aquella tarde del 24 de diciembre?
Recuerdo el accidente como si hubiese sucedido ayer, todo eso está presente. Para hacer la autobiografía revisé bastante información, leí las cartas que recibí y los artículos que se publicaron. Los colecciono todos en unas cajas grandes. Además, la hermana de mi papá murió y ella conservaba muchas cartas que él le escribió en esa época. En “Ímpetu”, una revista de Pucallpa, hallé una edición especial sobre la búsqueda del avión y los cadáveres. Eso fue nuevo y muy doloroso. Lloré cuando lo leí.
¿Cree que eso la ayudó?
Fue como una especie de terapia. Me permitió entender varias cosas, como por ejemplo la forma en que mi papá se comportó. Él no habló conmigo sobre el accidente, solo tocó el tema una vez.
Su padre jamás volvió al Perú después del accidente.
Me dijo que volveríamos juntos más adelante, pero no tuvo la fuerza. Murió en el 2000. Él y mi mamá formaban una pareja casi simbiótica, no podían estar el uno sin el otro. Mi padre hubiese preferido morir en lugar de ella. Fue una época muy dura. Yo regresé en 1977 por primera vez para hacer mi tesis de bachillerato.
¿Cómo se sintió aquella vez?
Fue raro, pero me sentí cómoda en Panguana. Allí me siento más en mi casa que en Alemania. Aunque me gusta convivir entre ambos mundos.
Ha dicho que para seguir adelante hay que vencer el miedo. ¿Aún teme volar?
Cuando el vuelo es tranquilo, no. Si se mueve mucho, veo nubes grandes o relámpagos, me pongo nerviosa y me sudan las manos. A mi esposo tampoco le gusta volar, así que no podemos ayudarnos mucho.
Su esposo la acompaña en su aventura de conservación en Panguana.
Es entomólogo, trabaja con insectos, avispas y hormigas. Le encanta Panguana. Estuvo por primera vez cuando hicimos el documental con el director alemán Werner Herzog en 1998. Desde entonces ha vuelto conmigo siempre.
Al llegar a nuestro país imagino que le resulta inevitable recordar a su madre y tiene sentimientos encontrados…
Claro, ella era una bióloga de todo corazón. Videntes me decían que se habían contactado con ella, era muy extraño.
Pero más raro es sobrevivir a un accidente de avión.
Por eso Panguana es una misión, una pasión y una ocupación. Es un sitio especial.
MARISOL GRAU